Raúl* tiene 27 años y es Maestro Masón desde los 25. El 13 de marzo de 2009 se inició en la más antigua y respetada hermandad asentada en Cuba. Desde entonces, asegura, no se arrepiente ni por un instante de la decisión que tomó cuando apenas había cumplido 21 años y presentó la solicitud, apoyado por su primo, quien ya pertenecía a este grupo.

Para más datos, nada podría revelar a simple vista que Raúl está vinculado a la masonería. En medio del repiqueteo constante de las pesas en el gimnasio donde es entrenador este joven pasa desapercibido: baja estatura, físico fortalecido por los ejercicios, cejas milimétricamente cuidadas y un piercing que apenas se nota en la ventana nasal izquierda. No lleva anillo, no usa tatuajes. Raúl lleva la masonería y sus postulados por dentro, sin ostentarlos.

“Tuve la suerte de comenzar muy joven y tener la orientación correcta para ello; algo que en muchos casos no tienen otros. El proceso de aceptación no es instantáneo, pues se hacen averiguaciones para saber si se cumple con los requisitos para entrar. En el caso de aquellas personas que tienen masones en la familia es un poco más simple, pues casi siempre son hombres que se han vinculado de alguna forma a las actividades masónicas En Tenida Blanca, que son aquellas en las que puede participar la familia.

“Es no limita nada, existen muchos que cumplen todas las condiciones para sumarse a la hermandad sin haber tenido la influencia de un masón durante su educación, al fin y al cabo somos una asociación de hombres libres de buenas costumbres, y esas son cosas que se heredan genéticamente. Si alguien desea unirse a la logia solo debe presentarse en uno de los talleres, o en el Gran Templo, allí les indicarán qué hacer”.

Al hablar sobre la llegada de jóvenes a las logias, Raúl añade que en esos casos se trata de ser muy selectivos, para evitar que luego se desilusionen, “eso pasa porque muchas veces tienen una idea errónea de lo que es la masonería y una vez dentro no son capaces de cumplir con la disciplina y el compromiso contraído con sus hermanos y la logia.

“Con el tiempo la institución se ha ido degradando, pero estamos tratando de depurar nuestras filas, esa es una realidad con que lidiamos, pero creo que eso sucede en toda la sociedad. Se trata de aceptar a quienes tienen verdadero interés en pertenecer a la masonería, y vienen a ella en busca de conocimientos y no como un vehículo para obtener cosas materiales”.

Raúl asegura que, en realidad, la masonería consume tiempo y debes aprender a distribuir los horarios para darle el lugar que precisa. “En ocasiones puede coincidirte la sesión, o la visita a otras logias, con el día en que salías con tus amigos de fiesta, y eso para muchos jóvenes es un problema. Yo trabajo todos los días hasta las 7:30 p.m. y salgo corriendo a bañarme y comer para luego llegar a mi logia y poder compartir un rato de las sesiones”.

Se trata en general de saber compartir espacios, pues “ser masón no restringe en nada la juventud, ni las amistades, ni las responsabilidades compartidas en la casa”.

En el caso de los adolescentes, Raúl cuenta que se están rescatando las asociaciones Agefistas, que constituyen “la cantera masónica”, ya que bajo el auspicio de las logias se unen a ellas los jóvenes entre 16 y 21 años para irse formando en los principios de la masonería y luego sumarse a los diferentes talleres. “Para ellos, como te imaginarás, es mucho más simple entrar a la hermandad cuando cumplen 21 años, pues ya han pasado el proceso de averiguaciones y han crecido junto a nuestros hermanos”, afirma.

“Esta es una institución de mucho respeto y que carga miles años de historia. No tiene nada que ver con la religión o la política, simplemente tratamos de convertirnos en mejores personas, más tolerantes, comprensivas y ayudar a que la sociedad sea un sitio mejor para todos. Eso lo conseguimos con respeto y apoyándonos unos a otros. Esa es la esencia de la masonería”.

Raúl mira su reloj que marca las 7:30 p.m. Ya con el bolso al hombro salimos juntos, atrás queda el trepidante ritmo de las pesas en el gimnasio. Sin tatuajes ni anillo, con las cejas perfectas y el minúsculo destello de su nariz, Raúl parece un joven cualquiera de Centro Habana. En poco más de una hora estará entrando a su taller, allí será llamado por su nombre de masón, allí es Maestro.

*Nota: El nombre del entrevistado fue cambiado a petición del mismo para proteger su identidad.