Doce años atrás el nombre de Hijas de la Acacia no le decía nada a Laura Castillo. Sobre la masonería conocía lo mismo o menos que la media de la personas en Cuba y ni siquiera podía llegar a imaginar que un año más tarde sería integrante de la logia acacista No.1 de Centro Habana: “En mi familia no hay tradición masónica, en nuestro árbol genealógico no ha habido jamás ningún hombre masón y las mujeres ya sabemos que históricamente no han tenido espacio dentro de la institución, así que yo soy la primera de mi línea en iniciarse”, cuenta esta mujer para quien ahora el trabajo en una asociación fraternal deviene parte esencial de su vida.

Ciertamente un antiguo límite de las leyes de la masonería ha excluido desde siempre a las mujeres de sus filas, principio este recogido en la Constitución de Anderson de 1723 y aceptado hasta el presente por la mayoría de las sociedades masónicas, salvo en algunos países como Francia, Bélgica, España, Argentina o Chile donde se han creado en la actualidad logias femeninas y mixtas.

Y aunque en Cuba también ha habido intentos recientes de consolidar la masonería femenina como una institución formal semejante a la de los hombres, esas acciones aisladas no han encontrado el respaldo necesario para establecerse en la Isla, como sí lo tienen en cambio las Hijas de la Acacia: única asociación paramasónica reconocida en el país y constituida exclusivamente por mujeres, basada en los mismos postulados de las logias masculinas pero que funciona con total independencia de estas.

“Como solo los hombres pueden ser masones, la idea era crear una orden con los mismo fines de la masonería que estuviera integrada únicamente por mujeres, pero la intención de las Hijas de la Acacia no ha sido nunca ser masonas, porque si nosotras trabajamos al lado de los masones, con sus mismos principios y bajos sus mismos templos, no tiene sentido que violemos los antiguos límites de la masonería; si decidiéramos convertirnos en masonas ya no cumpliría ningún objetivo ser Hijas de la Acacia”, explica Laura.

Laura Castillo, Hija de la Acacia
Laura Castillo, Hija de la Acacia

A su juicio, el fundador del acacismo buscaba precisamente que la mujer trabajara al lado del hombre con toda la independencia y la libertad que ella merece. Además, “sería impensable adaptar los rituales masónicos a las mujeres porque son rituales muy masculinos ―cuenta Laura― de ahí que hayamos nacido de un masón pero tengamos una simbología propia, así como palabras, señales y liturgias distintas”.

Desde el 21 de marzo de 1937 ―fecha en que se creó la primera filial acacista gracias al empeño de su fundador Gabriel García Galán― todas las cubanas de buenas costumbres y correcta conducta moral que tengan entre 18 y 60 años de edad son aceptadas en esta orden que tiene como principales fines la paz, el amor y la caridad.

En sus inicios se pretendía que formaran parte de ella solo las hijas, esposas o hermanas de los masones, y de hecho al principio todas lo eran, pero luego, de la misma forma en que se fue ampliando el perfil ― ya no solo se trataba de amas de casa impulsadas por sus esposos, sino de profesionales preparadas, doctoras, abogadas, arquitectas, maestras, artistas― también se comenzó a aceptar a cualquier mujer que expresara su deseo a iniciarse y cumpliera, claro está, con los requisitos establecidos.

Un sinnúmero de interpretaciones simbólicas le atribuyen los masones al árbol de la Acacia, del que se apropiaron los fundadores de esta orden para bautizarla: se trata de una planta que entre sus 1300 especies cultiva la acacia del Teneré, con tres espinas que equivalen a los tres viajes del neófito en su iniciación y representan a su vez el aprendiz, el compañero y el maestro… Muchísimos otros significados e historias sagradas encierra el arbusto que florece de blanco y constituye para la institución femenina un símbolo de lo que no puede cambiarse ni transformarse, justa expresión de lo que vive para siempre.

Las hijas de la acacia solo alcanzan dos grados: iniciadas y mentoras, y se pasa de una a otra a partir de un examen en el que la iniciada demuestra sus conocimientos sobre la historia de la orden, su legislación, así como los principios filosóficos aprendidos en el periodo de tres meses a un año que tiene para prepararse. Una vez que deje de ser iniciada podrá ocupar cargos como el de gentil mentora, auxiliar mayor y auxiliar menor, los cuales componen el cuadro de las tres luces de la logia.

De las 34 mil integrantes que tenía la orden repartidas por todo el país en el año 1959, solo existen en estos momentos 33 logias y algunas pocas por fundarse, pues cuando la institución comenzaba a fortalecerse llegó un desmembramiento y muchas logias comenzaron a abatir columnas a partir de que la mujer asumiera nuevos roles en la sociedad: “ya tenías que ser miliciana o de la FMC… además de que todas estas cosas de la masonería se confundieron con religión y de pronto tenías que escoger entre integrarte a una vida institucional/religiosa o a la vida política y social del país; entonces no se pensaba mucho porque se imponía formar parte de la sociedad en la que se vivía”, recuerda Laura.

En la actualidad todos esos tabúes han desaparecido considerablemente y, sobre todo en los últimos diez años, ha ocurrido un florecimiento de nuevas logias que se nutren cada vez más de muchachas jóvenes, pero todavía una sombra de desconocimiento rodea a las Hijas de la Acacia, quienes en ocasiones han llegado a ser confundidas incluso con las Damas de Blanco, ya que se visten de ese color para todas sus actividades oficiales, sean funerales, ceremonias de iniciación o aniversarios.

“Nos confunden con cualquier cosa y lo entiendo porque hasta once años yo no sabía siquiera que la institución existía. Ya la gente que se mueve a mi alrededor conoce de lo que se trata y me imagino que así es como se ha ido y se seguirá propagando, pero por el momento nuestro principal reto es que las logias se fortalezcan más, que la juventud se dé cuenta que puede ir a una discoteca y también formar parte de una institución fraternal, que las mujeres hagan un tiempo para compartir sus ideas con otras que piensen como ellas y esos ratos libres se conviertan en algo productivo”.

¿Cuáles son las cuestiones que se abordan en las sesiones y por qué son secretas las reuniones?, se cuestionan siempre las personas sobre este tema que encierra tantos enigmas y misterios, de ahí que Laura Castillo esclarezca algunos de esos aspectos en el acacismo.

“La gente nos confunde mucho con religiosos pero en realidad no lo somos, nombramos gran arquitecto del universo a Dios pero respetamos las creencias de todos nuestros miembros a llamarle como quiera, por eso en nuestros templos no se discute ni de política ni de religión.

“Tampoco tenemos nada secreto ―afirma Laura―a excepción de los toques, las palabras y las señas que nos distinguen y yo no les diría ocultos sino discretos; pero los debates, a no ser que traten cuestiones internas de la institución, generalmente son sobre la historia de la masonería y temas que atañen a la sociedad, muchas veces abordados en las Tenidas Blancas que se realizan a puertas abiertas”.

Finalmente uno se pregunta qué le aporta a una persona pertenecer a una institución así, qué encuentran las mujeres en estos sitios: “Uno va a esos lugares buscando algo que en realidad ya tienes. Vas buscando mujeres que piensan y actúan como tú y crean en tus mismos ideales, al final eso es lo que encuentras”, me dice Laura con absoluta franqueza y concluye luego no sin cierto pesar: “También están quienes se acercan creyendo que van a resolver sus problemas personales, pero nosotras allí vamos a dar lo que tenemos, no a buscar; estamos al tanto de la hermana que necesita algo y por eso creamos nuestros propios fondos para después ayudar… mientras tanto la mayoría de la gente nos sigue viendo como unas viejas que no tienen nada que hacer y pierden el tiempo, pero cuando uno va a las logias y las toca con la mano, se da cuenta de todo lo hermoso que hay dentro”.

Boda de una Hija de la Acacia
Boda de una Hija de la Acacia