La nueva Asamblea también en elecciones

El jefe del Estado y del Gobierno cubanos, su Primer Vicepresidente, cinco Vicepresidentes, el Secretario, y otros 23 miembros que conforman el Consejo de Estado de la República de Cuba (para un total de 31), serán elegidos este domingo 24 de febrero por el voto secreto y directo de los diputados de la 8va. Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, tras su constitución este mismo día.

Tales procesos, de enorme trascendencia para la nación, tendrán lugar en el Palacio de Convenciones de La Habana, a propósito del aniversario 118 del inicio de la Guerra Necesaria de 1895.

La primera responsabilidad legislativa a ejercer por los 612 diputados elegidos por el pueblo el pasado 3 de febrero, deberá asegurar, en representación de todo el pueblo cubano, la conducción de las transformaciones que en los próximos cinco años continuará emprendiendo el país; al igual que luego deberá encargarse del seguimiento de las medidas a implementar.

¿Y qué fortalezas, desde el punto de vista de la representación, muestra esta 8va. Legislatura para asumir decisiones de tamaña envergadura?
Veamos….

A finales del año pasado, Cuba logró ocupar el tercer lugar entre todas las naciones del mundo con más alta proporción femenina en el Parlamento, con un 45, 2  por ciento de su quórum constituido por mujeres. Ya entonces, la diferencia respecto a 1976, año de la institucionalización y de las primeras elecciones revolucionarias, era de 23, 4 puntos porcentuales.

En las postrimerías del 2012, estas cifras no dejaban de ser estimulantes, sobre todo al compararlas con el promedio mundial, donde menos de uno de cada cinco escaños legislativos era ocupado por mujeres, según datos de la Unión Interparlamentaria; sin embargo, faltaba terreno por ganar.

El reciente proceso eleccionario dio muestras de cuánto más podía avanzarse en este camino de justicia de géneros, más que de igualdad, pues logró equiparar, dentro del total de 612 a elegir, el número de diputadas y diputados.

Otras estadísticas derivadas de los comicios actuales fueron destacadas con razón por la prensa nacional: el promedio de edad entre los elegidos para conformar el nuevo Parlamento es de 48 años, los jóvenes menores de 25 años constituyen el 18 % de sus integrantes, y la población negra o mestiza ocupa el 37 %.

No obstante –y no se trata de que siempre surja “un pero”, sino de apreciar los fenómenos en sus múltiples aristas-, en un año trascendental para el país, catalogado por dirigentes políticos de primer nivel como decisivo en la actualización del modelo económico cubano, al Legislativo que será constituido en breve le apremia acentuar el concepto de representatividad, más allá de los indicadores demográficos de su corpus.

Claro que la responsabilidad de elegir a las personas indicadas para jugar este papel estuvo en manos de los más de 8 millones de electores, quienes desde la base propusieron o votaron por aquellos que serían la voz de sus intereses a nivel municipal, provincial, y nacional. Pero una alta cuota de compromiso queda ahora en manos de quienes asumieron esta confianza.

Lamentablemente, no basta con ser una persona honesta y abnegada en el trabajo, calificativos que resaltaban en las esencias de las síntesis biográficas de los candidatos; ni con tener buenas intenciones.  La labor de legislar debe hacerse acompañar de una preparación político-económica superior, y de una alta sensibilidad. Sin el primer binomio, difícilmente pueda emitirse una opinión valedera sobre algún asunto nacional en estas materias. Por otra parte, la ausencia del tercer componente sería definitoria a la hora de poner los conocimientos económicos, políticos, y de cualquier índole, al servicio del “sentir” de la mayoría.

Y me parece más adecuado hablar de “sentir” y no de intereses, porque en varias ocasiones se ha expresado que en los Lineamientos de la Política Económica y Social aprobados por el VI Congreso del Partido, quedó sintetizada la voluntad popular de perfeccionar el Socialismo cubano y sus derroteros, al tomar en cuenta, a raíz del proceso previo de discusión popular, más de 3 millones de opiniones al respecto. En ese momento, los intereses de la sociedad cubana fueron definidos.

El “sentir”, en este caso, aludiría a cómo van impactando cada una de las nuevas medidas en los diferentes sectores poblacionales, a si se corresponden en cuestión de efectividad métodos y objetivos; una efectividad que, por demás, no debe excederse en su medición pragmática, a riesgo de nublar el componente humanista que siempre ha caracterizado a nuestro proyecto social.

Velar, y alertar sobre posibles errores o desviaciones en torno a lo que se conoce como “proceso de implementación” de los Lineamientos es, por derecho, asunto de todo el pueblo y, por deber, -ya lo reconoció la Conferencia Nacional del Partido- línea de trabajo fundamental de los dirigentes cubanos a todos los niveles. 

En el caso de los delegados de los órganos locales del Poder Popular y los diputados, la fuerza de ambas razones se multiplica, porque al instituirse como tal asumen el deber de custodiar el derecho de muchos, y con tal objetivo los empoderamos. Sus funciones llegan a ser tan determinantes en las vidas de los otros –de nosotros, los electores- que, por ejemplo “las asambleas tienen a su cargo una elección tan importante como es la de los jueces, que son quienes deberán impartir justicia en las diferentes localidades”, recordaba en una entrevista reciente realizada por la agencia Prensa Latina el vicedecano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, Juan Mendoza.

Para asegurarnos de que todo lo que delegamos en estas personas esté a buen recaudo, no solo es indispensable que las asambleas –a nivel municipal, provincial y nacional- estén proporcionalmente constituidas por ciudadanos de todas las regiones, labores, edades, géneros y color de la piel. Más determinantes resultan sus modos de pensar y actuar en esos espacios en los que la voz de unos pocos miles de cubanos vale por la de los 11 millones que poblamos esta Isla. 

La verdadera representatividad, la trascendente, no va en el exponente sino en el criterio; no es de forma sino de contenido.
 

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