La Habana

Algunas tardes y algunas noches he amado a La Habana.

La ciudad transcurriendo, yéndose delicadamente hacia alguna parte, mientras yo me quedaba inmóvil para no espantarla. La ciudad muda, señorial piedra sobre piedra, eléctrica un instante antes de que estalle el aguacero. La ciudad quebrada por la cintura, cimbreante; atravesadas una vez más sus duras cicatrices, sus vitrales rotos, sus orificios enrejados por rayos de sol y polvo. La decrépita hermosura de una esquina iluminada a lo lejos, insultantemente amarilla en medio de la nada nocturna de algún barrio en decadencia.

Algunas veces he odiado a La Habana.

Bajo un aguacero feroz, en la madrugada, creí palpar la ciudad porque la ciudad era frágil y temblaba como un animal mojado. Pero el animal, quien temblaba, era yo. Y la ciudad era solo un paraje inhóspito que yo confundía conmigo mismo. Eso, la confusión extrema, me ocurre con La Habana, y lo odio, porque entonces ya no queda más remedio que buscar una salida, atravesar el mar, perderse un tiempo por ahí, en algún lugar donde preguntes y nadie sepa decirte cómo regresar.

Sin embargo, casi siempre La Habana resulta mucho más modesta. Apenas un lugar en el mundo donde abundan los gestos leves: revolotean las alegres señoritas de la vida triste, meditan los intelectuales, deambulan los borrachos como gatos, maúllan alguna cosa incomprensible los políticos, se conecta algún jonrón, sonríen implacables los niños ante un durofrío, van a sentarse en algún parque los enamorados y los pajuzos, cambia la luz de los semáforos.

Hace unos días, La Habana recibió oficialmente el título y el monumento que la acreditan como “Ciudad Maravilla del Mundo Moderno”, tras una votación internacional convocada por la organización suiza New7Wonders.

Yo, hijo adoptivo y descarriado suyo, me pregunto qué argumento racional justificaría tal elección. Porque en La Habana cada premisa —arquitectónica, social, religiosa o política— siempre puede quedar anulada por su estricto reverso.

El “estilo sin estilo” de la arquitectura habanera, que señalara Alejo Carpentier, es tanto un enorme calendario que permite al caminante atravesar por su orden siglos de historia humana como una prueba inocultable de nuestra crónica falta de previsión, nuestra inconstancia, nuestra subordinación al gusto ajeno. El maravilloso bosque que constituye “la ciudad de las columnas” es también —véase la calle Monte— la sórdida selva donde recostamos nuestra pereza, disimulamos nuestra indolencia y practicamos cualquier engañifa de seis por kilo. Juntas, sobreviven nuestra creatividad y nuestra ineptitud para el desarrollo; nuestra nobleza y nuestra perversión. La Habana le reza a muchos dioses y, en el mismo altar, a Uno solo. Es el último bastión comunista de Occidente y es la liviana capital de una isla resort.

No hay decantación posible cuando se trata de La Habana. Tampoco, creo, existe una razón última y definitiva para declararla “maravilla”. Y no hace falta.

New7Wonders, como era de esperar en una operación de marketing global, llenó su sitio web con postales turísticas de La Habana rigurosamente atravesadas por “almendrones”, que ya no sabemos bien si son un testimonio de nuestro fracaso o un remozado símbolo del progreso, si pertenecen al pasado o al futuro.

El propio Carpentier escribió que “la sensación de lo maravilloso presupone una fe” y surge a partir de “una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu”.

De ahí que La Habana maravillosa sea, a lo sumo, una ciudad inexplicable e íntima. Clandestina.

Cuando yo desando sus calles siempre voy al encuentro de los mismos amigos, que beben ron y se bañan en el crepúsculo del litoral; escucho el tonto rumor de las hojas secas arrastrándose junto a las tumbas del Cementerio de Colón; sé que a última hora de la noche una gata obesa caminará sobre mi pecho, anunciando la próxima mujer definitiva.

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Comentarios

Buenos dias Adonis el denso,vuelvea tu lugar de origen si tanto te molesta La Habana y su declaracion como ciudad maravilla lo que ha sido siempre,asi que crees que fue una operacion de marketing de los suizos,yo me pregunto con que fin?On Cuba se parece a la Comision Nacional de Beisbol que mantiene a Higinio Velez a pesar del clamor popular para que lo retiren,he leido muchos comentarios de lectores que no soportan tus escritos pero ahi sigues ganando tus pesitos,eres un pesimo escritor,da la impresion de que escribes con el diccionario al lado buscando palabras para tratar de hacer ver cuan culto eres,careces de fluidez,por Dios revisate o deja de escribir,al menos en On Cuba

Tienes razón: la maravilla de La Habana no puede ser captada por nombramientos, está en nuestras historias de vida, en cada experiencia que hemos vivido desde cada pedacito de esta ciudad. Yo viajaba cada día de la Habana a Matanzas porque estudiaba allí y tenía a mi hijo en mi lugar de origen, vivi muchas historias cogiendo botellas a diario, esa es mi Habana Maravillosa, la de los semáforos salvavidas y la de F y 3ra en los primeros años de la carrera.

Hay muchas historias que esconde La Habana, si alguien pudiera contarlas ¿sería eso más maravilloso que sus columnas y sus portales con olor a orina, como esos mismos que describes de Cuatro Caminos, o la calle obispo que huele a yumas y a son? Yo creo que ambas cosas son La Habana. La parte derruida por la pobreza y el vicio, la parte hermosa y “lealmente” restaurada, en esta isla la maravilla está en todas partes, en la señora loca de tu escrito reciente y en mis vecinos adinerados por primera vez. Es maravillosa la ciudad de La Habana en sí. Pero se esta levantando en demasiadas diferencias y eso es lo triste.
Sergio creo que el que está ganando unos pesitos con esas críticas es usted. Que venenoso amigo! Si no entiende lo que se escribe dígale al autor que le preste su diccionario y crezca, crezca como lector y como persona.

omar cedeño

24 julio, 2016

Tan linda, pero los habaneros tienen poca cultura, tiran la basura donde sea, teniendo basureros a la par, no saben que desagradable que es ver la suciedad, yo estuve 23 días y es de las pocas cosas que me gusta de ella, pq en las provincias ocurre lo contrario, como Santiago una ciudad bella y limpia

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