El puño que disloca las mandíbulas

Tenía dieciséis años, pero parecía de veinte. Era alto, con un físico helénico y una sonrisa que arrancaba suspiros a media escuela (la otra mitad eran varones, machos, masculinos).

Era buen deportista y sus calificaciones no estaban mal, quería ser ingeniero, pero le gustaba el arte y aunque no era talentoso en ninguna, podía conversar fluidamente sobre cine, literatura, plástica o música; el ballet le era esquivo, nunca le había llamado la atención.

A los quince había tenido su primera experiencia sexual con una estudiante universitaria que se creyó que tenía diecinueve y se enamoró perdidamente de él: había visto su dosis justa de pornografía y conocía elementos básicos de la cuestión.

Su madurez opacaba a sus amigos. Los más apuestos lo veían en silencio como el enemigo y los más feos como el ejemplo a imitar. Nunca sintió la vergüenza de los jovencitos ante el sexo opuesto, nunca se sonrojaba, ni tartamudeaba ni se quedaba sin palabras ante la muchacha que le gustara, y eso las volvía locas.

Pocos adolescentes tenían menos inseguridades y tabúes que él, tal vez, por el hecho de que su mamá era abiertamente tortillera y su papá un maricón de carroza, como le escuchó decir a ese tipejo al que se vio obligado a dislocarle la mandíbula, partirle la oreja y sacarle una muela de un solo puñetazo.

De niño no estuvo definido por el azul o el rosado, porque lo vestían de arcoíris. Le enseñaron que mamá y papá son conceptos que no tienen nada que ver con el pipi o pito porque el amor no es algo que se mete o se saca, sino que crece solo. Sabía que mamá y papá se amaban y que eso nada tenía que ver con el pito o el pipi. Lo habían enseñado a tener el corazón libre.

Y probablemente lo habían educado así porque aunque a papá desde chiquitico se le notaba la mariconería y a mamá el totillerismo, los tiempos eran otros y otros los padres y otra la escuela y otros los sicólogos que le decían a los abuelos que aquello tenía arreglo.

La suerte fue que mamá y papá se encontraron en la beca, cuando tenían dieciséis años y se hicieron amigos para siempre. Al terminar la universidad se casaron pa’ tapar la letra, como rumoraban los vecinos y los compañeros del aula, y finalmente decidieron hacer el amor para tener un hijo. Y les gustó hacer el amor, si se entiende hacer como acto de creación, aunque el sexo entre ellos no les parecía aborrecible.

Era atlético porque sí, porque le gustaba el deporte, pero nunca se había preocupado demasiado por el cuerpo. Durante años había visto a mamá y a papá compartir el cuerpo con terceros solo como un trámite después de que se ha entregado el espíritu. Papá decía, como Galeano, que el cuerpo es una fiesta.

Sabía enamorarse y sufrir por amor porque había visto sufrir a mamá y a papá por esa causa, y los había visto consolarse mutuamente: aunque dormían en cuartos separados, cuando alguien les rompía el corazón, mamá y papá se quedaban juntos en la misma cama, como en los tiempos de la universidad. Por eso también sabía que no es demasiado grave sufrir por amor cuando hay amores más grandes que están para curar los sufrimientos.

Aprendió a sufrir por amor observando a mamá y a papá, porque ellos lo hacían muy a menudo. Era lógico, ninguna de las novias de mamá ni de los novios de papá soportaba por mucho tiempo que hubieran decidido ser una familia funcional y vivir juntos por su amistad, pero sobre todo, por su hijo.

Sufría porque mamá y papá vivían su felicidad limitada por no haber tenido la posibilidad de casarse nunca con alguien de su mismo sexo. Incluso, cuando era niño, había llegado a pensar que hubiera sido muy divertido tener cuatro padres en la misma casa, en lugar de dos.

Sufría porque aquellos que le habían dado todas las herramientas para ser un hombre de éxito, sus ojazos castaño oscuro, la sensibilidad, el fútbol, el cine, los libros y el espíritu, eran infelices o, al menos, resignados.

Sufría porque ante la ley, mamá y papá compartían “la unión voluntariamente concertada de un hombre y una mujer con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común”, y era correcto. Pero en la sección de matrimonio del Código de Familia en Cuba, solo se habla de amor cuando se menciona el deber de inculcar en los hijos el amor al estudio y el amor a la patria (y eso lo hicieron bien): nada había sobre el amor entre los cónyuges.

Estaba agradecido por haber venido al mundo gracias a esa paradoja, pero tanto quería a sus padres, que le dolía en cada recuerdo de familia que no hubieran podido casarse con quienes quisieron, que no pudieron adoptar hijos y tuvieron que hacer algo engañoso con ellos mismos para concebir, como si el amor entre los gays y las lesbianas fuera de segunda categoría, o como si sus hijos les fueran a salir desviados o invertidos, flojitos o marimachas, como decían las únicas personas a las que se había visto obligado a dislocarles la mandíbula de un puñetazo.

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Comentarios

Alejandro Corrales

11 junio, 2014

genial la manera de llamar a la reflexion sobre la forma en que se veian obligados a vivir los gays y las lesbianas, esperare mas escritos pronto.

Here’s to the crazy ones. The misfits. The rebels. The troublemakers. The
round pegs in the square holes. The ones who see things differently.
They’re not fond of rules. And they have no respect for the status quo.
You can quote them, disagree with them, glorify or vilify them.
But the only thing you can’t do is ignore them. Because they change
things. They invent. They imagine. They heal. They explore. They create.
They inspire. They push the human race forward.
Maybe they have to be crazy.
How else can you stare at an empty canvas and see a work of art? Or sit in
silence and hear a song that’s never been written? Or gaze at a red planet
and see a laboratory on wheels?
We make tools for these kinds of people.
While some see them as the crazy ones, we see genius. Because the people
who are crazy enough to think they can change the world, are the ones who
do.

Heriberto Garcia Pereira

11 junio, 2014

Excelente. Directo (como el titulo). sin tapujos ni rodeos. Necesario compartir.

Negracubana

11 junio, 2014

Ninyoooooooooooooo esto esta divinoooooooo. Te lo agradece una tortillera de carroza!

exelente

Yordanka

11 junio, 2014

No soy ni lo uno, ni lo otro, pero creo en el amor, y creo que amar no es cosa de “bandos”, y no deberíamos limitarlo, ni limitarnos.
Amé tu escrito, te felicito por tu talento, por tus palabras, y espero seguirte leyendo y disfrutando mucho tiempo.
Un abrazo!

muy bueno ariel!!

Bravo

Bravo

Más interesante hubiera sido una historia como esta pero con personas reales, con nombres y apellidos, es decir, periodismo de verdad, no una linda historia de ficción digna de una novela rosa.

ana flavia costa

11 junio, 2014

Muy interesante su artículo, continuaré. Leyendo siempre. Besito,del Brasil…

tania Serrano

12 junio, 2014

Me gusta su publicación tengo amigos que vivieron esa falsa por la sociedad y por la familia. Siga publicando cosas reales
Felicidades.

Gracias

eiriadys

12 junio, 2014

genial ,,el amor el bello d cualquier sexo se trate ,,me gusto tanto q lo voy a copiar en mi perfil

Yuniton

12 junio, 2014

Muy buen punto, teniendo en cuenta que mucha gente vivio tapujada…es hora de acabar con las boberias y ser quien se es con orgullo…tengo amigos que igual son el fruto de padres gays, y viven orgullosos de la crianza que tuvieron, y son personas geniales, detesto los tabues y los estereotipos estupidos que giran alrededor del mundo gay y los hijos y/o la adopcion

leticia

12 junio, 2014

Precioso.

Me gusto mucho. considero que las personas homosexuales que han tenido la valentia de enfrentarse a una sociedad que los condena merecen mucho mas respeto que los obtusos que los critican.

David Rocha

13 junio, 2014

Es importante que subrayemos el amor en la comunidad LGTBI, siempre se nos ha visto como máquinas sexuales relacionadas a la promiscuidad. Escritos como este proyectan otra imagen de lo que somos, de cómo vivimos e incluso de nuestro sueños mas anhelados. Mi mas grande abrazo Ariel.

Reinaldo Cañizares

14 junio, 2014

Más allá del tema, es toda una lección de narrativa. En menos de dos cuartillas has logrado un texto original, desgarrador, sugerente y de final inesperado. Puede aparecer en cualquier antología de cuento latinoamericano. No tengo nada más que decir

Lilibeth Alfonso

27 julio, 2014

Me gustó mucho y me hizo llorar.

talía ramos

17 agosto, 2014

esto está bueno, me sensibiliza más por como enfocas la comunidad LGTBHI, hazme llegar tus trabajos que creo que a partir de ahora voy a querer leerte de vez en cuando, un beso grande y felicitaciones.

Lena Quevedo

31 agosto, 2014

Muy bueno y realista..me encanta porque es un llamado a la reflexión sobre el tema

me encanta, que original y realista para estos tiempos donde hay tantos prejuicios y el color de la piel sigue siendo más importante q el de los ojos y los gays o lesbianas siguen siendo ET para muchos.

Liadys Valles

22 octubre, 2014

Me ha encantado, tanto que lo he compartido en mi blog, respetando la autoría, por supuesto!!!!

Conozco un caso caso idéntico al que se narra (muy bien por cierto , muchas felicidades) el muchacho es heterosexual y los padres son homosexuales , y él lo sabe , lo acepta y los quiere muchísimo y no hay quien le venga con un chisme ni nada, porque la gente piensa a veces que la homosexualidad es una enfermedad y se pega o algo así!!!!! por cierto, viven en Pinar del Río!!!

Claudia

11 agosto, 2017

Me recordó a Cuasi, la niña estadísticamente feliz!

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