Un festejo romano para Fernando Birri

Por: Iledys González

El hombre viste de blanco, como una especie de mago, lleva el alma límpida y acompaña sus pasos cortos y ligeros con la sonrisa feliz de quien se siente renacer después de andar tantos años. Sí, definitivamente sus alas son enormes, pero no le bastan para volar; sabio que erige mundos andantes y u-tópicos, su vuelo es el de la palabra poética universal, el de la imagen de riguroso compromiso latinoamericanista, el de la vasta dimensión humana. Espíritu lúcido y creativo que predica un mensaje de perseverancia y amor entre sus iguales: la obstinada necesidad de soñar, al loco modo, por una vida espléndida en sus valores humanos.

Como si fuera un santo, muchas personas quieren acercarse al legendario creador, rozar su mano, ofrecer un abrazo, tener un gesto de gratitud. Siempre de pie, el viejo sabio y memorioso tiene una frase, una mirada especial, para todo el que se aproxima.

En Roma, la ciudad de su formación académica y artística, donde reside desde hace algunos años y a la que lo unen afectos entrañables, Fernando Birri recibe un emotivo homenaje en su noventa cumpleaños. La sala de cine que lleva su mismo nombre, inaugurada en la Casa Argentina a fines del pasado año, se vuelve la sede propicia para el reconocimiento del artista; ceremonia que es dirigida por Federico González Perini, Agregado Cultural de la Embajada Argentina.

Un silencio ansioso anuncia las palabras del poeta. El auditorio contempla los leves gestos de sus manos, el recorrido de sus ojos, mientras el sencillo anciano, busca delicadamente los resortes para echar a andar su pensamiento. Birri es un artista genuino, su obra, como su palabra, no es más que la representación de su alma. Esa transparencia absoluta se admira en el fino y audaz discurso, atravesado por la poesía. Se expresa en italiano, aunque quisiera −dice muy risueño− hacer un «pan ítalo-criollo» donde mezclar las lenguas española e italiana, de tal modo en que «se pueda hablar de todo y que nadie entienda nada». Primero saluda con un «abrazo comunitario, común, que viene del pasado, vive en el presente y se quiere proyectar al futuro». Luego habla gozoso, sin caer en el hoyo de la melancolía, se eleva aludiendo a la vida, pero no a la suya, sino a la de todo hombre.

Le gusta expresarse a través de parábolas, comenta así la obra Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, escritor español refugiado en Argentina. Y como buen erudito busca en remotas leyendas orientales la enseñanza breve y pragmática. Se refiere a un relato que trata de un antiguo califa que, curioso en conocer la historia de la humanidad, asigna a sus historiadores la compleja labor de escribirla para él. Al paso de largos años estos presentan el abundante material al rey, que al descubrir los voluminosos libros les ordena una reducción de la historia. Este suceso se vuelve a repetir y cada vez más anciano el rey se lamenta de no poder leer la historia universal. Finalmente, poco antes de morir, el rey recibe la narración histórica de la humanidad de manera brevísima, solo queda contenida en una frase: «Ellos nacieron, sufrieron y luego murieron».

Birri que expone en italiano el antiguo relato, desea solamente, como testimonio de vida, hacerle una ligera intervención a la historia de la humanidad y transmitir así su legado: «Essi nacquero, soffrirono, han resistido fieles a sus ideas e ideales, e poi morirono».

El homenaje al Maestro Birri tuvo como sello la proyección en la Cineteca Nazionale en Roma de una muestra representativa de su producción audiovisual. Un arco fílmico que comprendió su primer documental, Selinunte (1951), rodado en Sicilia entre las ruinas mágicas de la civilización helénica; el estremecedor Tire dié (1960), trabajo crítico-social que había filmado tras el regreso a su natal Santa Fe, en Argentina; Mi hijo el Che (1985), del periodo cubano del autor, que retrata una figura como Che Guevara desde una dimensión intimista y humana a través del testimonio paterno; y Elegía friulana (2007), melódicos y poéticos pasajes de la memoria.

Un festejo romano que tuvo réplica, solo por diferencias horarias, en tierras cubanas, justamente en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, donde aún reside, desde el acto fundacional que gestó el artista, una parte vital de su espíritu utópico.

Nómbrese Fernando Birri y quedarán ya nombradas las palabras cine, poesía, arte, sociedad, compromiso crítico, identidad, espíritu, humanismo, Italia, Latinoamérica. Pertenece al género de los fundadores, de los universales, de los felizmente inolvidables.

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