Béisbol sub-23: naufragio en Panamá

Como el Titanic, la selección cubana de béisbol sub-23 parecía un buque insumergible pero terminó en un calamitoso naufragio.

El clasificatorio panamericano para el mundial de la categoría, finalizado el fin de semana en Panamá, fue escenario de un hundimiento que es, por demás, la confirmación del triste momento que vive la pelota cubana.

En tierras istmeñas, el equipo Cuba chocó contra el iceberg de su propia ineficacia. En apariencia, tenía los ingredientes necesarios para lograr un resultado que insuflara esperanza a sus abatidos parciales, en un año que deparó ya el vergonzoso varapalo sufrido ante Holanda en el Clásico Mundial.

No digo que fuera cosa de coser y cantar, de ir, ver y vencer en honor a las glorias pasadas. Tampoco digo que los cubanos las tuvieran todas consigo para regresar con el título, a fin de cuentas los rivales tenían también sus argumentos. Pero al menos colarse entre los cuatro primeros, y lograr con ello el boleto mundialista, estaba en los cálculos de todos o casi todos.

No obstante, el pronóstico chocó contra un muro de realidad en un estrepitoso fracaso. Más que llover, diluvió sobre mojado.

Puestos a ver, a Panamá se llevó lo mejor que había en la bolsa. Incluso el zurdo Liván Moinelo, recién coronado en la Liga Japonesa, fue llamado al equipo aunque no pocos consideraron innecesaria su convocatoria.

Liván Moinelo y la deuda saldada

Cierto que no estaban los muchos talentos salidos de la Isla por su propia cuenta en la interminable sangría de los últimos años, pero aun así Cuba llevó corredores rápidos y hombres de fuerza, pitchers veloces y defensores con experiencia en los máximos torneos domésticos.

Puede que faltara algún que otro injustamente marginado –el camagüeyano Leonel Segura, por ejemplo– pero todos los hombres que viajaron a la nación canalera tenían horas acumuladas en la Serie Nacional y algunos, incluso, en eventos internacionales o en la tierra del Sol naciente.

Las municiones parecían suficientes, pero no lo fueron.

Las dimensiones del iceberg

Midamos lo que puede ser medido.

El equipo cubano se despidió del premundial con cuatro victorias y cinco fracasos. En la Súper Ronda, a la que clasificaron los seis mejores equipos de la primera fase, no lograron hacer la cruz (0-5), contando las dos derrotas arrastradas del grupo clasificatorio frente a los conjuntos de Venezuela –a la postre campeón– y Puerto Rico –tercer lugar.

Solo en la jornada de cierre, los de la Isla pudieron sacudirse la sal y vencer a los anfitriones panameños (10×2) en el partido por el quinto lugar, una posición inmerecida –por el pobre performance cubano a lo largo de todo el torneo– que pudo abrirle las puertas de un wild card al Campeonato del Mundo Sub-23.

Pero finalmente no fue. Recién se conoció que la Confederación Mundial de Béisbol y Softbol (WBSC) otorgó a Nicaragua la sede del evento y –al mismo tiempo y de manera automática por su condición de anfitrión–, el dichoso wild card que completa los doce equipos que lidiarán por el título.

Llegar al Mundial de 2018 hubiese sido mucho premio para Cuba. Revisemos las frías estadísticas, que no suelen mentir.

Gracias al bateo del partido final, la ofensiva cubana engordó hasta los 271 de average. Once fueron los puntos sumados el último día, para dar algo de color al anémico 260 exhibido hasta entonces. Frente a los canaleros también subieron el slugging (de 345 a 398) y el OBP (de 354 a 369), aunque el maquillaje siguió siendo insuficiente.

El torpedero capitalino Yorbert Sánchez fue el mejor al bate con sus 387 de average, sus dos triples y sus 585 de slugging. El granmense Raico Santos (AVE: 379) y el villaclareño Norel González (AVE: 367) fueron otros destacados con el madero en una alineación congelada en los partidos importantes.

Hombres como Oscar Luis Colás y Yoelkis Céspedes, claves a priori en el equipo por su experiencia internacional, quedaron notablemente en deuda, mientras que del presumido poder antillano apenas pueden mencionarse los dos jonrones y cinco impulsadas del santiaguero Lionard Kindelán (AVE: 231; SLU: 692) y los dos dobles y un jonrón del máscara matancero Ariel Martínez (AVE: 300; SLU: 533).

También faltó velocidad en función de la ofensiva, para paliar las carencias al impulsar carreras –solo 33 frente, por ejemplo, a las 62 de Panamá y Puerto Rico o las 76 de México–, y las cifras de hombres al robo fueron de espanto: de 14 que salieron, nueve fueron enfriados en el intento.

¿Hielo en la lomita?

En honor a la verdad, el pitcheo cubano no tuvo un mal torneo en términos colectivos. Aunque no llegó a la excelencia de Venezuela (PCL: 1,84), su promedio de limpias (3,86) fue mejor que el de conjuntos clasificados para el Mundial de Nicaragua como México (3,95) y República Dominicana (4,38).

Sus 76 ponches y 22 bases por bolas en 70 entradas de actuación clasificaron entre lo mejor en estos apartados, al igual que el average ofensivo de los contrarios frente a los lanzadores de la Isla (solo 233).

Individualmente, Ulfrido García cargó con el protagonismo. En sus 21 entradas de actuación –por mucho el más trabajador de Cuba– el zurdo santiaguero confirmó la madurez mostrada en la actual Serie Nacional: dos victorias, 0,87 PCL, 24 ponches, solo 3 boletos y 130 de average ofensivo rival.

Si regresó a Cuba con el fardo de una derrota (0-2 contra Panamá en la Súper Ronda) fue porque de los únicos tres jits que permitió ese día dos fueron más allá de las cercas, mientras sus coequiperos no supieron respaldar su faena y fueron pintados de blanco por los lanzadores istmeños.

Ulfrido García fue el brazo de hierro del staff de pitcheo cubano. Foto: Fedebeis Panamá / Facebook.
Ulfrido García fue el brazo de hierro del staff de pitcheo cubano. Foto: Fedebeis Panamá / Facebook.

La incapacidad ofensiva también frustró otros posibles éxitos de los pitchers cubanos, en partidos cerrados como las derrotas frente a Venezuela y Puerto Rico en la primera fase o la sufrida frente a México en Súper Ronda.

No obstante, ningún otro abridor cubano se acercó a la efectividad de Ulfrido. Los camagüeyanos Yousimar Cousin (4,22 de PCL) y Yariel Rodríguez (15,75), y los villaclareños Yosver Zulueta (7,88) y Javier Mirabal (4,50) no concretaron las victorias esperadas, mientras los relevistas –aunque con buenos números colectivos– tampoco fueron totalmente efectivos.

Liván Moinelo, por ejemplo, mostró dominio sobre los rivales (1 salvado, 1,80 de PCL y 125 de average contrario) pero repartió cuatro boletos en cinco entradas. En tanto, el también pinareño Raidel Martínez –dueño del otro salvado en el bullpen de la Isla– ponchó a seis en seis y un tercio, pero soportó seis jits y su promedio de limpias (4,26) sin ser catastrófico no fue lo contundente que se esperaba.

En cuanto a la defensa, los cubanos fueron por mucho los mejores del premundial. Sus únicos dos errores –uno de Daniel Sevila en 43 entradas al campo y otro de Ricardo Ramos en 34 innings– apenas empañaron el excelente promedio defensivo de 993, muy delante del 986 de Venezuela y el 979 de Panamá.

Pero este liderazgo poco sirvió a las aspiraciones de los de la Isla. Fue apenas un pobre consuelo para una selección que regresó a casa con el rabo entre las piernas, mientras sus parciales debían contentarse con los compases finales de la Serie Nacional 57.

Al final, son Venezuela, México, Puerto Rico y Dominicana los equipos que estarán el año entrante en Nicaragua mientras los cubanos –peloteros y aficionados– tendrán que resignarse a conocer las noticias desde la distancia.

Cuba, la otrora potencia aficionada, la que acumula más títulos mundiales que nadie y que por años ha cantado su jerarquía en la valla beisbolera del Caribe, volvió a colisionar con la misma piedra contra la que ha chocado en los últimos tiempos. Con el mismo iceberg.

El premundial de Panamá fue el más reciente y lamentable naufragio de una saga que, a diferencia de la historia del Titanic –la real y la cinematográfica–, va teniendo ya más partes que Star Treck y Rápido y furioso.

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