Cataluña ¿independiente?

La maraña política, jurídica, anímica, que ha desencadenado el procés en Cataluña está bordada de incertidumbre. A estas alturas creo que la mayoría de las personas, incluso aquellas que desde el 1 de octubre pasado –aquel domingo de desordenado referendum y porra españolista– colgaron en sus ventanas, por toda España, la rojigualda de 1981, o la estelada (blava o bermella); aquellos que quisieron estar en la primera línea, ya le han perdido un poco el hilo a la trama, a fuerza de saturación.

Los políticos y los telediarios han convertido el tema en desayuno, almuerzo y cena, mientras que esconden la basura debajo de la alfombra: aplazados del dominio público y, sin fecha de regreso, los graves escándalos de corrupción que están todavía vigentes, o el debate de las políticas pepeístas para afrontar la crisis: todavía hay en España 3,7 millones de personas en el paro, pero eso ahora casi no importa, según parece. Y hasta el fútbol, algún que otro día, ha sido obliterado.

Hoy, en lo que pudiera ser un nuevo clímax, el pleno del parlamento catalán, con la ausencia de los grupos del Partido Popular, Partido Socialista y Ciudadanos, votaron la declaración de independencia que tanto ha sido anunciada por el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en sus ires y venires.

Esto de hoy fueron 70 síes –¡70!– y 10 noes a favor de una resolución aprobada mediante voto secreto en un parlamento a medio llenar, en la que se declara un “Estado independiente en forma de república”.

Los parlamentarios presentes de mayoría independentista se abrazaron al (re)conocer que habían vencido. Faltaba más, si estaban prácticamente solos, luego de que 53 diputados abandonaron sus puestos.

En el parque de la Ciudadela, frente al Parlament, más de 12 mil personas se quedaron a ver lo que pasaba. También se abrazaron, rieron y lloraron.

Fotos: EFE

Lo primero que hizo el presidente Mariano Rajoy, como era de esperar, fue tuitear.

Y luego habló algo con los periodistas. Les prometió que en par de horas estaría de vuelta en las pantallas. Con ello hizo combustionar la adrenalina de los informadores que andan cazando segundo a segundo el diferendo.

Rajoy no se fue de las cámaras sin antes reiterar el recado a los españoles: estén tranquilos, “el Estado reaccionará”, y España, dijo, demostrará que es un país serio, “una gran nación”. Esto último no era solo para sus compatriotas, claro está.

Minutos después de que el despoblado Parlament aprobara unilateralmente la independencia de Cataluña, Rajoy salió del Senado español con las manos llenas: un paquete de medidas para concretar la aplicación del artículo 155 de la Constitución ha sido aprobado por el Senado español, con el voto favorable de 214 senadores, 47 en contra y una abstención.

El 155 en su variante más dura implica grandes decisiones: el ejecutivo ahora está avalado para hacer cesar el Govern por completo, limitar las funciones del Parlament, tomar el control de los Mossos d’Esquadra –la fuerza policial del Govern–, hacerse de las finanzas de la Generalitat y, por último, la guinda: convocar a elecciones en la región “en un plazo máximo de seis meses”.

Se cuenta que al final de la votación no hubo aplausos en el Senado.

No más saberse la noticia el IBEX 35 se desplomó un 1,9 % y la prima de riesgo en el mercado de deuda aumentó para llegar a 120 puntos. Bancos como Sabadell y CaixaBank perdieron el 5 % y el 4 % respectivamente de su valor en la bolsa.

Más de 1700 empresas cambiaron su domicilio fiscal desde el pasado 2 de octubre, aunque Hacienda investiga, no vaya a ser que en algunos casos sea de mentiritas.

El vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, ha pedido responsabilidad y generosidad a los ciudadanos catalanes, previendo lo que vendrá.

Pero los ayuntamientos de algunas de las principales ciudades catalanas, Sabadell, Girona, Figueres, se apresuraron a arriar la bandera española en sus sedes oficiales.

¿Y ahora qué viene?, se pregunta cualquiera. Muchos suponen que lo que se avecina podría no ser bueno para nadie. Es un decir, porque “nadie” es una categoría vacua.

¿Están los catalanes –ahora sí– felices? El juego no ha terminado. Flota en el aire la aplicación del 155, con toda la saña que se puede prever. Y eso supondrá, aunque se diga poco, o de plano se niegue, que el estatus de autonomía catalana está a punto de entrar en terapia intensiva.

Estados Unidos inmediatamente reaccionó mediante un tuit del Departamento de Estado en el que afirma su apoyo a las medidas que el gobierno tome para mantener a España unida.

La Unión Europea también definió su posición reconociendo como “único interlocutor” al Estado español, al mismo tiempo que pidió que, en la solución del conflicto, el gobierno español favorezca la fuerza de los argumentos antes que el argumento de la fuerza.

En toda esta película, de la que se han visto miles y miles de horas –¡y lo que le falta!– hay dos asuntos de los que casi no se habla y siguen tras una espesa neblina: cuántos y qué catalanes o residentes en Cataluña quieren despegarse de España; y los otros, los que desean quedarse, quiénes son y qué representan. El resto de España qué cree de todo esto.

El otro tema que parecería un secreto bajo siete llaves es la identificación de los que mueven los hilos. Se sabe poco sobre qué grandes poderes están detrás de esta movida, tensando la cuerda hacia un lado o hacia otro. Porque –nadie lo dude– Puigdemont y Rajoy solo los representan.

Para decirlo con las palabras del periodista barcelonés Luis Ángel Fernández Hermana: “Todavía no sabemos quiénes somos, ni dónde estamos. Se tome la deriva que se tome, o se quiera tomar, nadie sabe cuánta gente se podría subir al barco, o si lo hace para llegar a algún puerto, o si es para hundirlo, incluso aunque no lo pretenda. Por eso, más que nunca, ante esta persistente negativa a saber quiénes somos, cabe no solo preguntarse, sino gritar: ¿¡¡Quién está detrás de esta ingeniería del sí o del no!!?”

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