Amistades dolorosas

Es un alma que habita en dos cuerpos, es una forma especial de amor, algo que vale más que la familia genética: muchas definiciones intentan aproximarse al secreto de la amistad. Lo cierto es que cada pueblo, cada cultura, cada circunstancia, motiva el milagro de fidelidades a toda prueba, y de ello se deriva el lazo afectivo que conocemos como un buen amigo.

No es cabalmente válida la importancia numérica de nuestros amigos, sino la calidad, lo perdurable, el carácter incondicional de la amistad, como quedó demostrado hace mil años en una de las exquisitas fábulas del Conde Lucanor. Pocas cosas en la vida son tan disfrutables como la compañía que nos brinda un amigo, una amiga. Esos seres que están ahí, justo en el momento en que necesitamos consuelo, abrigo, ayuda. Divertirse con una amistad de muchos años exige complicidades que solo se alcanzan con tiempo, con pactos, con tolerancia, con perdones de ambas partes. No es asunto ligero considerar a un semejante como Amigo o Amiga.

Por su parte, la traición de esos mismos seres entrañables produce un dolor proporcional al amor que compartíamos antes. Hay frases que intentan paliar el aguijonazo de las deslealtades: “Me ofende quien puede, no quien quiere”, por ejemplo. Flaco consuelo, en verdad, porque las amistades traicioneras duelen tan profundamente como el regocijo que hasta entonces nos causaban. Por fortuna, es mucho mayor la complacencia que la vileza. Recibimos más calor, más ternura, más generosidad por parte de los amigos, que el sufrimiento de sentirnos traicionados.

A veces nos sorprenden, para bien. Cuando creíamos que ya no era posible recibir más, que el equilibrio compartido se mantendría en la cuerda de una eterna meseta, un buen amigo se sacrifica por nosotros de forma inesperada. Esta actitud (el sacrificio), no suele ser admitida por quien se ha quedado sin dinero, o sin comida, o sin trabajo, o ha postergado un descanso, solo para ayudarnos. “No es nada” nos dice, pero sabemos que es mucho. Y se ofende si decimos, por ejemplo, “Gracias, Pepe”. En un juego casi infantil, Pepe responde “Gracias hacen los monos”. En estos casos, valoramos cuán profunda puede ser la amistad. En la sorpresa, en el desinterés, en esa entrega de desprendimiento, radica gran parte del encanto de contar con buenos amigos.

El mexicano Juan Villoro ha dicho al respecto que “es bueno que un amigo te diga la verdad, pero es mejor que desprecie a los que te perjudican”. Al margen  del tono jocoso, me gusta la expresión: La solidaridad entre buenas amistades no conoce límites. Otra forma de reflejar lo mismo es la frase “El amigo leal se ríe con tus chistes, aunque no sean tan buenos, y se conduele de tus problemas, aunque no sean tan graves”. Cierta vez, una persona muy cínica a quien conocí, me explicó su rara teoría sobre el asunto. Según ella, no es en los malos momentos cuando se define una verdadera amistad, sino en los buenos. “¿Cómo es eso?” Pregunté yo. “Te explico”, respondió: “Si te ganas un premio, o te condecoran, o por X razón apareces en público, solo te acompañarán los buenos amigos, aquellos capaces de contener la envidia”. Me quedé helada, lo confieso. Porque siempre he creído lo contrario: Como dice el refranero popular, “para la fiesta, cualquiera. Para la desdicha, un buen amigo”.

Por todo esto, hay amistades que duelen. Lastiman la ausencia, la lejanía, la muerte, el distanciamiento físico que por una u otra razón el destino impone. En determinados momentos de nuestra vida, de pronto, sin avisar, echamos de menos a Pepe, a Nancy, a Celeste, a Karen, a Rosa Cándida, a Ana María, que están donde quisieron, o donde pudieron, o ya no están, simplemente. Serrat susurra “nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve”. Y sí, las pequeñas cosas de las grandes amistades duelen. Y desde ese mismo dolor, sentimos ganas de gritar. Y gritamos sus nombres, pero los ausentes no regresan. Porque en la vida real y verdadera, y de una forma que no admite argumento alguno, nos aferramos a la idea de que nunca se fueron.

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