Cojímar, partido por el huracán

Dos días después de Irma, en el pueblo de Cojímar se hablaba de un muchacho de 25 años, extraviado en el mal tiempo mientras buceaba y que quizá no cuente nunca entre las víctimas del huracán. En medio del estruendo de las maquinarias que limpian el destrozo en la costa, se sabe del televisor de Abel que quedó inutilizado; de todos los electrodomésticos destruidos en casa de Flora y de dos automóviles tragados por las olas. Y del sonido del mar, aún furioso, que rompía contra el arrecife.

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Una “rústica” llevaba nadie sabe cuántos años encallada frente a la base de pesca de Cojímar. Irma sacó esta embarcación improvisada –usada alguna vez en un intento de salida ilegal– y la dejó en la base de una loma, decenas de metros lejos del agua. Hoy es un pedazo inservible de madera que alguna vez fue barco.

“¿Que si hizo mucho? Entren para que vean. Diles que los mando yo, Reinaldo ‘El Espantatiburones’, jefe de mantenimiento”, nos manda un hombre que bota restos de madera y basura.

En medio del desorden de la base, unos pescadores ordenan las naves y otros limpian el lodo. Intentan reflotar con una bomba de extracción dos barquichuelas que se hundieron. Las naves que sufrieron el huracán en el agua curiosamente no sufrieron daños tan serios, pero fue distinto para las decenas que permanecían fuera.

“Sacó barcos de dentro del taller, que teníamos en reparación por problemas de carpintería, y los tiró lejos”, dice El Espantatiburones.

En el patio pequeño, decenas de naves se amontonan una encima de la otra. Revueltas, parecen barquitos de juguete, lanzados al azar.

“Cuando tú veas barcos fuera del agua, así tirados juntos, sin estar sobre madera, es que los movió el ciclón. Los cogió así –Reinaldo abre sus manos– y los apiló todos”, dice mientras las cierra.

Por el puente sobre el río Cojímar la gente comienza a transitar con mayor regularidad. El mar ha bajado y algunos ya tiran las tarrayas para ver qué pescan. La vida intenta regresar a la normalidad en el pueblo de pescadores.

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Irma, en Cojímar, fue dos huracanes. Dejó vientos y lluvias fuertes en la parte alta, más allá del muro del malecón y socavó la base, arrancando la piedra centenaria. Derribó árboles, quebró el puente que une al pueblo con Alamar, derrumbó parcialmente unas 100 casas, dejó mucha basura en las calles, y abrió un boquete inmenso, de unos cuatros metros, en el costado derecho del Torreón, justo frente a la estatua de Ernest Heminway.

La parte baja, donde la costa se vuelve playa, es otro Cojímar. Uno menos tranquilo y más desolado. Sobre todo en la primera calle, más cercana al mar. Las máquinas no paran de recoger escombros y limpiar el camino. Los que aún tiene casa, limpian la basura apilonada antes las puertas y garajes.

En esa frontera de los dos Cojímar, vive José desde los años 50 del siglo pasado.

“No, hasta aquí no llegó, aunque abrió huecos en el muro. Si llegara hasta aquí, entonces no existiría el pueblo, porque mientras más abajo es más peligroso. El viento sí fue fuerte y hubo agua. No había visto algo así, ni cuando Michelle ni cuando la tormenta del siglo. Nada como esto”, dice el viejo pintor.

Bajando desde su casa, cambia paisaje. Yacen en el piso muchas piedras traídas por el mar, muescas y varios postes de madera del tendido eléctrico, como los cuatro que el agua colocó en el garaje de Sara. Aunque no perdió nada –porque evacuó a tiempo– el mar invadió toda la casa.

A la vista, el centro nocturno La Costa perdió su lado cercano al mar. El personal limpia la pista de baile. Donde antes hubo un muro el mar se ve ahora sin obstáculos. La cafetería quedó desecha.

“Pero no tuvimos problemas con los bafles ni los equipos. Este sábado, a más tardar, estamos dando servicio de nuevo”, dice Santana, el administrador.

Saliendo de La Costa, paralelo al mar, la escena se repite decenas de veces. Los muebles, la ropa y el resto de los objetos enjugados por el agua salada, se secan al sol. Por doquier se ven las máquinas limpiando y el personal de salud que inspecciona el lugar.

Irma derribó postes de telefonía, y en algunos sitios no se ha restablecido la comunicación. La electricidad volvió en la mañana del martes, incluso en zonas muy afectadas de Cojímar, y el poblado lentamente vuelve a su rutina.

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Mientras Abel remendaba la puerta, las olas seguían entrando. Llegó ese domingo a su casa, en la primera línea de la costa, caminando en el agua de mar. No necesitó abrir el valladar exterior para acceder porque del muro exterior solo quedaba en pie la puerta de hierro, aún con el candado en su sitio. Al día siguiente, recuerda, llegó el resto de la familia.

Ya el hogar luce habitable e incluso tienen electricidad. Pero la cisterna se contaminó con agua de mar, viscosa del petróleo que trajo el huracán. Perdieron un televisor; partes del piso, la pared de concreto circundante, de un metro de altura y tanques de agua.

“Perdimos el trabajo de dos años, desde que nos mudamos para acá. Sacamos todos esos escombros de adentro de la casa”, dice Abel, que señala una pila de basura enorme. En su teléfono compara con fotos del estado anterior de la casa, antes fortificada tras el muro. Ahora, nada corta la vista hacia el mar, cercano a 100 metros.

La familia pasó el huracán en Alamar, donde tiene un apartamento. Como Abel y los suyos, muchos se evacuaron lejos de Cojímar o se movieron hacia lugares alejados de la playa.

Anteriormente, al agua, afirma, solo llegaba hasta el patio. “Como nosotros hay muchos más. Mira, por allá, parece que buscan dos carros, que se fueron del garaje hacia el mar”, apunta a la costa. Por la línea cercana al mar, la escena se remeda. La policía y los militares miran el agua, mientras unos chiquillos se zambullen.

Una señora pide disculpas por las sábanas colgadas, manchadas de petróleo. Ayuda en la limpieza y los jóvenes alrededor –una pequeña brigada familiar sin camisa y con guantes–, cargan las piedras y los pedazos de concreto de cientos de libras de peso, que Irma introdujo en la casa.

“Esto nunca había pasado”, dice Abel. “Nunca”. Y sigue cargando escombros, como muchos, en el resto de la parte baja del pueblo.

Algunos buzos improvisados, continúan buscando automóviles en el agua, sin resultados. La familia del muchacho perdido en el mal tiempo espera frente al mar a que regrese, a que aparezca. La gente sale a trabajar, pero los niños no van a la escuela, que todavía alberga a los evacuados de la parte baja.

En la costa todavía se ven olas altas. Algunos salen con tablas de surf, a veces profesionales, pero otras son pedazos de madera toscos, mal recortados, sobre los que nadie se sostendría de pie.

Un grupo se lanza a nadar, casi en el límite con la parte alta. Cruzan la cresta de la ola y entonces se pierden por momentos tras la cortina de agua, hasta que cruzan sobre la ola siguiente. Con cada brazada se vuelven diminutos, indefensos.

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