Donald (casi) no tiene quien le cante

Las tomas de posesión constituyen una mezcla de ritualidad político-institucional y espectáculo. En 1993, para la inauguración del primer mandato de Bill Clinton, intervinieron Michael Jackson, Barbra Streisand, Elton John, Fleetwood Mac, los comediantes Chevy Chase, Bill Crosby y Jack Lemmon. La de Bush Jr. tuvo a Ricky Martin, Mohammed Ali, John Secada y Larry King. Y las de Barack Obama a Aretha Franklin, Jennifer Lopez, Lila Downs, Marc Anthony, Paulina Rubio, Alejandro Sanz, Shakira, Beyonce y James Taylor.

Si se analizan de conjunto, al margen de sus diferencias, incluso con presidentes republicanos su factor común consiste en subrayar la idea de diversidad e inclusión, dos de los pilares preconizados por el melting pot, aun cuando no siempre la realidad de los hechos transite por ese camino.

Beyonce interpreta el himno de los Estados Unidos en la toma de posesión de Barack Obama, enero de 2013. Foto: AFP.
Beyonce interpreta el himno de los Estados Unidos en la toma de posesión de Barack Obama, enero de 2013. Foto: AFP.

Pero la festividad del 20 de enero tiene todas las de constituir una ruptura con esa norma. No porque sus organizadores no la busquen sino por las dificultades de incorporar a músicos y artistas de renombre. Es cuando menos difícil prestarse para el show a partir de todo lo que pasó con Trump en una carrera tan sucia como divisiva, y de su “legado”, profundamente asociado al racismo, la misoginia y la exclusión.

Evidentemente, la comunidad artística tiene en el liberalismo una de sus apoyaturas históricas. Por eso el hombre electo no cuenta ni con la simpatía ni el respaldo de músicos y actores de Hollywood, excepto en casos bastante sui generis. La actriz Susan Sarandon, por ejemplo, dijo una vez que era “un tipo borracho en una boda”; Cher, “un fanático”; George Clooney fue un poco más allá al calificarlo de “fascista xenófobo”; Johnny Depp se puso más metafórico, pero de cualquier modo muy denotativo: era, dijo, “un palo de golf”; Miley Cyrus, más psicológica al considerarlo “una pesadilla”; y Richard Gere le subió la parada al decir lo siguiente en inglés americano estándar: “un tipo que, obviamente, es Mussolini”. Hace poco Bruce Springsteen mal, quien tocó campanas por Hillary Clinton, como Beyonce, Jay Z, Madonna, Lady Gaga, Miley Cyrus y otras estrellas de la música pop, ha declarado que el presidente electo está apelando a “tendencias no norteamericanas” –una idea discutible en sí misma– y que el genio del fanatismo, el racismo y la intolerancia no serán fáciles de devolver a la lámpara después que Trump asuma el ejecutivo.

Del otro lado del espectro, como era de esperarse, no han faltado reacciones. La comentarista conservadora Tomi Lahren la emprendió contra las llamadas “celebridades A” atribuyendo a presiones externas lo que no es sino, en última instancia, un asunto de valores, civilidad y conciencia. La estrategia, utilizada en programas como The O’Reilly Factor, de la Fox, consiste en endilgarles la etiqueta de “izquierda radical e intolerante”, incapaz de aceptar el dictamen de la democracia. Se trata de un argumento ciertamente difícil de sostener en el caso de un presidente que, como se sabe, ganó por el voto electoral y no por el popular, toda vez que perdió este último frente a la Clinton por casi 3 millones de almas.

“Todavía hay muchos norteamericanos que no entienden que Donald Trump será nuestro próximo presidente. Si no pueden aceptarlo, por supuesto que tampoco los artistas que se presentarán en la inauguración”. Lahren tiene en su haber la intrigante peculiaridad de haber comparado al movimiento Black Lives Matter con el Ku Klux Klan, por lo cual llovieron en su momento muchísimas solicitudes de despido.

El problema es que el equipo de transición de Trump –y en particular Boris Ephsteyn, director del Comunicaciones del Comité para la Inauguración Presidencial– no ha logrado incorporar al espectáculo casi nada que valga y brille demasiado. La lista de nombres, que viene rodando desde noviembre como una papa caliente, se caracteriza tanto por negativas redondas como por salidas de cortesía.

Por ejemplo, los rockeros de Kiss y Céline Dion dijeron no poder participar por compromisos de trabajo en Europa y Las Vegas, respectivamente; mientras el publicista de Elton John, Fran Curtis, dio un “no” rotundo. El italiano Andrea Bocelli se echó para atrás después de una reacción bastante viral en las redes sociales. Y el cantante de música country Garth Brooks también tiró la toalla. Los Beach Boys, que han estado en varias ceremonias de ese tipo, aún no han dado su respuesta final. Lo cierto es que reacciones e indefiniciones como estas llevaron al hombre de la Torre a utilizar su método predilecto de comunicación social, un tuiteo donde se combinan a partes iguales prepotencia, cólera y populismo: THE SO-CALLED “A” LIST CELEBRITIES ARE ALL WAITING TIXS TO THE INAUGURATION, BUT LOOK WHAT THEY DID FOR HILLARY, NOTHING, I WANT THE PEOPLE!

“Esto no es Woodstock, no es una descarga de verano, no es un concierto (…). Se trata del pueblo”, dijo Epshteyn en tesitura perfecta con su empleador. Pero lo real es lo que no se ve. Según trascendidos a la prensa, que vienen de dentro, “el presidente electo Donald Trump está muy descontento con que su personal no haya podido reservar a ninguna de las celebridades importantes para su inauguración”.

La cantante británica Rebecca Ferguson, otra invitada, acaba de asumir una posición tal vez más inteligente al aceptar enrolarse en el show si la dejaban interpretar “Fruta extraña”, cantada originalmente por Billie Holiday. Es un poema escrito en 1937 por el militante comunista Abel Meeropol sobre la opresión y los linchamientos de los afroamericanos; una canción puesta en una lista negra por resultar “demasiado controversial”, y adoptada después como un estandarte por el movimiento por los derechos civiles de los 60:

 

Southern trees bear strange fruit

Blood on the leaves and blood at the root

Black bodies swinging in the southern breeze

Strange fruit hanging from the poplar trees.

 

Pastoral scenes of the gallant south

The bulging eyes and the twisted mouth

Scent of magnolias, sweet and fresh,

Then the sudden smell of burning flesh.

Los orgánicos de Trump, hasta ahora, no han reaccionado, pero no hace falta una bola de cristal para aventurar lo que muy probablemente harán, aunque lo que tienen hasta aquí es bastante poco. La adolescente Jackie Evancho, una mezzosoprano rubiecita famosa por el programa America’s Got Talent, que una vez cantó para Obama en la iluminación del árbol de Navidad en el DC, va a entonar el himno de los Estados Unidos. En dos agrupaciones que han aceptado subir al escenario –The Mormon Tabernacle Choir y The Radio City Rockettes–, han aparecido expresiones de disenso por parte de algunos integrantes, renuentes a ser identificados con la agenda y la proyección ideocultural del futuro presidente. Un miembro del coro, que de paso renunció, dijo que actuar para Trump traicionaría sus valores, lo cual debería servir de pivote para hurgar en los complejísimos vínculos entre religión, ética y política más allá de ciertas presunciones comunes.

“Nunca podría tirarle flores a Hitler, y ciertamente nunca cantaría para él”, dijo. Y añadió: “la tiranía está a la entrada de nuestras puertas, está golpeando nuestros hogares como una tormenta”.

Una bailarina de Las Rockettes declaró: “Lo que esto va hacer es etiquetar nuestro espectáculo, nuestro trabajo, como una marca de extrema derecha. Si mucha gente no está aceptando participar, ¿por qué lo tenemos que hacer nosotras?” No ha sido, por mucho, la única. En Nueva York circula el rumor de que Trump estaba presionando a la gerencia de Las Rockettes porque constituyen una especie de sello de su ciudad natal y, por lo mismo, le sería absolutamente cool tenerlas en el DC.

Una carta de varios psicólogos al presidente Obama asegura que Trump padece de una enfermedad incurable llamada Desorden de Personalidad Narcisista, cuyos síntomas son la grandiosidad, la impulsividad, la hipersensibilidad a las menores críticas y la inhabilidad aparente para distinguir entre realidad y fantasía. Tal vez eso mismo es lo que tuvo en la cabeza, con menos lenguaje de gremio, Idina Menzel, la actriz que puso la voz a la Elsa de Frozen, el famoso animado de Disney, al sugerir que Trump resolviera la casi total ausencia de artistas con sus propias manos, es decir, cantando él mismo. “Probablemente piensa que tiene una gran voz, él cree que todo lo hace bien”, dijo.

El 20 de enero Donald Trump se convertirá en el Presidente de los Estados Unidos y en el Comandante en Jefe de sus fuerzas armadas.

Será, sin duda, el primero que (casi) no tiene quien le cante.

Y, alas, desde su primera su fiesta.

 

 

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Comentarios

e-bert

6 Enero, 2017

¿Y para qué necesitaría Trump cantantes famosos y celebridades en su ceremonia de investidura, si él es 10 veces más célebre que todos ellos juntos? Además, todos esos “artistas prefabricados” son instrumentos del “establishment” y las grandes corporaciones mediáticas contra las que Trump, con razón y franqueza, ha dirigido sus críticas más agudas. F*** celebrities, démosle un chance a Trump.

Lo de menos es que no le quieran cantar. Lo importante empieza cuando se convierta en el nuevo presidente y se empiezen a ver los frutos de su trabajo. Lo demas es parte de la misma campañita por desprestigiarlo aun antes de la toma de poder. Muchos de esos artistas “progres” con caviar, champagne y mansion en Beverly Hills amenazaron con irse de Estados Unidos si Trump ganaba. Hasta hoy no he escuchado a ninguno que ya haya cumplido con su palabra. Lo demas es boberia.

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