El restaurador de relojes públicos

El reloj remata el edificio. Para llegar hasta la retorcida maquinaria hay que tomar una escalera ancha, atravesar un salón hundido –el suelo ya se comba–, emprender un penoso trepar por unos peldaños de hierro. Arriba, tras el frontón del edificio que deja ver la esfera y oculta las ruedas dentadas, no hay piso. El relojero camina sobre unas vigas sueltas, encara el amasijo de metal, lo desempolva.

–Vine esta vez porque alguien le dio cuerda hacia atrás –dice Julio César Valiño–, pero no me pesa. Nadie entiende este reloj mejor que yo.

El relojero vive en el pueblo vecino. Apenas puede venir los sábados. A veces llama a algún amigo a mitad de semana: “Oye, asómate al balcón y dime si mi reloj tiene la hora correcta”. Hay que reconocerle la posesión, más bien la paternidad: la máquina estaba lastimada cuando él se decidió a componerla. Olvidamos que había un reloj allá arriba.

Casi no pasan trenes –estamos en una vieja estación de ferrocarril–, pero el reloj garantiza que el tiempo siga pasando sobre la ciudad lenta. Y como pasa de modo más tangible e inquietante que en otros sitios, Valiño y yo empezamos a conversar, para ayudarlo a transcurrir.

¿Cómo empezó tu interés por los relojes?

Desde niño siempre quise saber cómo funcionaban las cosas. Nunca rompí los juguetes, pero esperaba que se rompieran solos, sobre todo si tenían cuerda, para ver qué había dentro.

Recuerdo que una vez mi abuelo puso un reloj Westclock sobre un saco de abono, y se pudrió. Lo sentí como una muerte, un crimen. El viejo decía también que había llevado dos relojes rotos a un famoso relojero para que hiciera uno. Desde entonces vi a los relojeros como una especie de magos.

Pasó el tiempo. Cuando terminé la carrera de ingeniero civil y tuve tiempo, me acerqué a un maestro relojero que hay en Cifuentes. Tiene que ser uno de los mejores relojeros del país. Él me enseñó los rudimentos: cómo funciona un reloj, cuáles son las piezas, cómo trabajan los mecanismos de escape…

Lo primero que reparé fue precisamente un Westclock que llevó una señora. El relojero me dijo: “¿Te atreves a desarmarlo?” ¡Y lo eché a andar!

Seguí con los relojes americanos de péndulo, marca Ansonia, que siempre me han gustado mucho. Hasta que me encontré con la técnica alemana, mucho más sofisticada. Después me interesé por los relojes públicos. Son parecidos.

¿En Cuba hay alguna escuela para estudiar relojería?

¡Hubo! Pero esas escuelas desparecieron hace algunas décadas. Quedan unos pocos relojeros viejos, el resto aprendió por su cuenta.

Ante el imperio de las tecnologías electrónicas, ¿poseen todavía los relojes mecánicos alguna ventaja?   

El reloj mecánico no va a pasar de moda. Los mecanismos son mucho más fuertes. Disponen de una fuente de energía inagotable. ¿Qué necesita un reloj público tradicional para funcionar? Un cable, una pesa, una rueda motriz. ¿Se parte el cable? Se pone otro. ¿Se pierde la pesa? Se funde otra. No lleva motor, no necesita electricidad. Es eterno hasta donde se puede serlo en este mundo.

Reloj de la estación de ferrocarril de Sagua La Grande. Foto: Maykel González Vivero
Reloj de la estación de ferrocarril de Sagua La Grande. Foto: Maykel González Vivero

El tiempo mismo es inagotable, y los relojes intentan expresar ese transcurrir…

En Cuba hay relojes públicos o de péndulo que tienen cerca de doscientos años. Los relojes públicos no se hicieron para cambiarlos cada cierto tiempo. Se construyeron para que duraran por generaciones.

El oficio de relojero era bien mirado, un oficio de consideración. Leí una vez que las personas encargadas de los relojes públicos en Cuba, no podían salir del pueblo sin dejar un sustituto. Esos relojes no podían pararse. Era difícil devolverlos después a la hora correcta, pues eran la referencia principal.

Si los relojes públicos se han convertido en símbolos del transcurrir del tiempo sobre una ciudad, ¿por qué tantas poblaciones cubanas han descuidado los suyos por esta época? ¿Por qué tantos están detenidos, incluso si tienen arreglo?

Ya casi todas las personas tienen un reloj de pulsera. Muy pocos atienden a los relojes públicos para enterarse de la hora. Claro, ese abandono indica indolencia, falta de sensibilidad.

Hay buenos ejemplos, sin embargo: Sagua la Grande es una de las pocas ciudades de Cuba que tienen dos relojes públicos, una de las pocas donde aún funciona un reloj del siglo XIX. Vale la pena que sobrevivan.

Todavía hay transeúntes que se sorprenden cuando oyen la campana del reloj público y manifiestan cariño por esas viejas máquinas…   

Esos relojes tienen su historia. Muchos son fruto del amor: fueron comprados, donados, y colocados en sitios privilegiados. Todos están en templos, ayuntamientos, plazas. Ocupaban el centro de la vida de las ciudades.

¿Cuántos relojes públicos has echado a andar o has contribuido a mantener?

He reparado los de Sagua, el de la iglesia del central Unidad. Revisé el de la iglesia mayor de Remedios. Vi el del ayuntamiento de Santa Clara –no lo he tocado, porque está en buen estado. No existen dos relojes iguales, aunque los haya hecho la misma fábrica. Algunos han perdido sus piezas originales y ha habido que hacerlas. Funcionan gracias al ingenio de las personas que los atendemos.

El relojero en plena faena. Foto: Maykel González Vivero
El relojero en plena faena. Foto: Maykel González Vivero

¿Cuál ha sido tu empresa más difícil, tu gran obra de relojero?

La recuperación del reloj de la estación de ferrocarril de Sagua la Grande. ¡Le faltaban hasta piezas! Estaba malo. Hacía casi treinta años que no funcionaba. Cuando me interesé en él, mucha gente me dijo: “¡Vas a perder tu tiempo!” Otro me dijo que era una locura, una tontería mía. Que cuánto iba a cobrar. Y no cobré nada. Ahí está, funcionando.

Quisiera arreglarlos todos. Revisarlos al menos, ver qué se puede hacer… ¡Todos, sin excepción!

Estuve en Jaronú hace unos meses, y lo primero que hice fue fijarme en el reloj de la iglesia. No estaba funcionando. Le dejé dicho al sacerdote que me contactara, que quería revisarlo, a ver si se puede reparar. No recibí respuesta. Tampoco sé si le dieron el recado.

En Camagüey hay varios relojes públicos y la mayoría no funciona. No sé si están rotos o no quieren darles cuerda. Le pregunté a un sacerdote por el reloj de su iglesia, que estaba detenido, y me dijo: “Funciona, pero no voy a subir allá arriba a darle cuerda”.

Cuando un reloj está detenido parece que un resorte vital se ha quebrado en la ciudad…

Para mí es el principio de la muerte de ese sitio. Lo veo así.

He oído que querías construir un reloj desde el principio, con un diseño tuyo. ¿Mantienes el proyecto? ¿Crees que sea posible?   

Hice el plano, pero no he encontrado a alguien que quiera hacer las piezas. Los interesados acogieron la idea con alegría, pero el proyecto se quedó ahí. Son treintaipico de piezas.

Quiero realizarme con ese reloj, saber que el reloj seguirá marchando por mí cuando yo falte.

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Comentarios

gracias por esta historia sobre un oficio tan interesante.

Margaret Randall

2 septiembre, 2016

Uno de los textos mas bellos que he leido. Es raro, hoy en dia, encontrar a una persona (artista, porque lo considero asi) con esa sensibilidad y al mismo tiempo el interes y los conocimientos para llevar esa sensibilidad a la realidad. Gracias.

Julio César Valiño se me ha aparecido así, de repente, como un personaje perdido de las mejores obras de García Márquez….. “Quisiera arreglarlos todos. Revisarlos al menos, ver qué se puede hacer… ¡Todos, sin excepción!….” Me ha conmovido su empeño desinteresado en arreglar el tiempo. Gracias Maykel por escribir su historia.

Qué bueno que existan personas en este mundo, en este país, como Valiño. ! qué artículo más bueno ! Gracias al artista-ingeniero-relojero y gracias al autor del artículo.

Soy de Camagüey, quisiera contactar con este señor … para que me revise un reloj ansonia de pared del 1882. Como podría hacerlo???

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