Habremos salado la Santa Cena

Cuba es un país disparatado. En invierno hacen treinta grados Celsius. En verano hay resfriados que se agravan con el estrés y las carestías económicas: no hay limones y las neveras están llenas de salchichas y hamburguesas y esto complica a todas luces una alimentación modesta. En los mercados Fornos de La Habana una cola de langosta cuesta casi sesenta dólares. Aunque no se trate de una especie en peligro de extinción un trabajador tendría que reunir tres meses de sueldo sin gastar un centavo para comprarla. Los cálculos nos apachurran: vivimos rodeados de mar, de la maldita circunstancia, y comemos pescado por eventualidades.

El Estado libró una guerra económica contra los boteros o taxistas regulándoles los precios, pero los segundos se mantuvieron en sus trece y fijaron los costos de los pasajes como estimaron, demostrando que son un sector con bastante fuerza.

Por las calles aparecen grafitis y uno de Trump decapitado. Mientras los estadounidenses comen pizzas acartonadas de diez pesos cup, cubanos dicen en las redes sociales que el control del ejército en la economía nacional no es un detalle a tener en cuenta.

Las listas de éxito musicales institucionalizadas por los programas televisivos estilo Piso 6, de emisión a otros países por la señal de Cubavisión Internacional, desprecia la realidad al extremo de incluir temas de Roberto Estobal, que no se escuchan ni en los bares de quinta. O que ni el mismo Roberto Estobal se molesta en oír con sentido autocrítico. Con igual óptica desdeñan los músicos fuera de los circuitos políticamente correctos, un filtro por el cual los ostentosos Yomil y el Dany o el esperpéntico Chocolate no pasan, cuando “El palón divino” es la canción nacional más repetida en fechas frescas y solo hay que visitar tres centros nocturnos de pegada para comprobarlo. Si Yomil y el Dany ganan premios se le da bajo perfil a la noticia. Chocolate, al que ni falta le hacen las coronas de laureles, está descartado del panorama mediático de la Isla. Es una manera de decir con malquerencia que el proyecto –si es que en tal cosa hay todavía dirección– de un país que excede el 10 por ciento de universitarios en la población, no rima con lo que produce y oferta Chocolate al mercado. No pocos han tenido que recoger sus quijadas del suelo después de que una gazmoña doctora en ciencias les diera rienda suelta a sus demonios eróticos por “La papaya con maldad”, ella incluso pudo cometer la impudicia de haber dicho en un foro académico que las composiciones del reguetón son sexistas, racistas y denigrantes.

El verdadero peligro del reguetón no es su existencia y reproducción, es que crezca la cantidad que se lo toma en serio, tanto del lado de los inquisidores como de los que lo hacen parte importante de su vida. El verdadero peligro es que satisfaga y enorgullezca a los padres que los niños de cinco años lo bailen mejor que los adultos y que sus esponjas mnemónicas absorban las letras de las canciones antes que cualquier conocimiento útil. Esa candidez que se pierde del todo en una coreografía de reguetón puede ser irreparable, y es igualmente trágico, porque la candidez siempre ha sido hermosa. Y cualquier desaparición de lo hermoso es, por obligación, una desaparición de lo humano.

Por otro lado, una persona puede quemar vivo a un perro sin que la ley lo condene, pero acuchilla a una vaca y le cae de veredicto una condena sañuda. Los masturbadores públicos hasta eyaculan en la calle sin que se considere delito, pero las señoras se horrorizan con las minifaldas y exigen que la dirección de las escuelas no descuide la medida de las sayas de las estudiantes.

Un niño puede saber los nombres públicos de la vagina y, en algunos casos, lo que se hace con ella sexualmente como macho –además de corear temas de reguetón– pero pocas familias le enseñan –por falso pudor, por simulación, por machismo– que dos hombres pueden amarse.

La incuria contemporánea en los horarios de vigilia, no obstante, les ha dado un contragolpe. La noche del viernes 7 de julio, los niños que no fueron a la cama y quedaron enganchados con la programación de adultos tuvieron que ver el beso entre los actores Mateus Solano (Félix) y Thiago Fragoso (Niko) de la telenovela brasileña Rastros de mentiras (2013), la primera en trasmitir un beso gay en Brasil.

Es constante en Cuba el apego a las telenovelas brasileñas, que roza la adicción. Los varones más rudos, los más bastos, los que se martillan un dedo y ni chistan y los que no se guardan un eructo a la mesa, sufren los capítulos casi como la más delicada y suspirona doncella. Solo que esta vez el centro fue Félix, un gay, que tuvo una actuación espectacular de parte de su intérprete y los varones rudos y bastos debieron asimilarlo.

En Rastros de mentiras hubo muchos deslices y cursilerías comunes. Desde la misma extensión del número de capítulos para solucionar conflictos que en diez minutos se arreglarían: Una venganza o un rescate nunca son rápidos, aunque apremien, y los protagonistas positivos son tan candorosos que las trampas que les ponen los negativos no llevan esfuerzo; es una vieja fórmula gastadísima de mantener la expectación a riesgo de caer en la monotonía. Las novelas son largas y chiclosas en los temas universales: amor, traición, odio, etcétera. Esta que recién acabó, tuvo sus picos y su mejor cebo en Félix.

Odiado al principio e imprescindible después, Félix fue el villano reformado que pasó alrededor de 160 noches habaneras atrayendo con chistes bíblicos de Jonás y la ballena, de Moisés, Sansón, y de La Última Cena, de la cual repetía que debió haberla salado para que lo recriminaran. En un comienzo abandonó a su propia sobrina en un basurero por celos y ansias de poder, luego terminó cuidando junto a Niko de su “papi soberano” el doctor César Curi (Antônio Fagundes), homofóbico reacio y negado, ciego, malgenioso y en silla de ruedas.

Félix suplió la falta de caldo o de enjundia de los verdaderos protagonistas. Paolla Oliveira (Paloma) es el ideal romántico que encontraríamos en un Walter Scott, pura, intachable. Malvino Salvador (Bruno) igual. Paulita (Klara Castanho) es, en cierto punto, incoherente a la continuidad de su personaje, quizás por una metedura de pata del guionista o del director Wolf Maya (el mismo de Mujeres de arena y Señora del destino) más sumergidos en engrosar episodios y lágrimas que en las uniones consecutivas de la psicología. En los últimos capítulos, Paulita demuestra un afecto por Félix que no fue comprobado en momento ninguno, sino al contrario. El tío le pellizcaba un cachete y la niña le respondía con un mohín de disgusto. Nunca se le arrimó.

Pero el guion de Félix cumplió bastante con lo racional. La relación con Niko fue bien hecha, progresiva, lograda, y no olió a campaña publicitaria contra la intolerancia.

Lo racional es a veces una operación vectorial de absurdos. Un beso gay en una noche machista, una serie de exclamaciones de tipo emoticón a la hora en a que los padres –ahí sí– les incumbe que los niños, divertidos con el modo de andar y manotear de Félix, no miren. Porque explicar que dos hombres se deseen es más espinoso que aclarar lo que es un palón divino.

Mirándolo en retrospectiva, nuestra naturaleza moral es la de seres históricamente desatinados. Uno de los personajes de El gran Gatsby, escrita en 1925, solo cuatro años antes de que Estados Unidos cayera en La Gran Depresión, decía: “En estos tiempos la gente comienza desdeñando la vida conyugal y la institución del matrimonio y lo que sigue de ahí es que acaban echándolo todo por la borda y casándose interracialmente blancos con negros”. Ahora familias cubanas se estremecen por lo que genere el “libertinaje” de que la televisión no censure escenas homosexuales, como si fuera de veras una jaqueca mayor que otros problemas socioculturales de urgencia real.

El actor afronorteamericano Morgan Freeman, que no se casó con ninguna mujer blanca, hoy dice “Odio la palabra homofobia. Usted no tiene ningún miedo, usted es un imbécil.” La homofobia es también, a estas alturas, un absurdo y, como tal, debería asombrarnos en lugar de querer sostenerla y de ocuparnos en tantas pequeñeces.

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Comentarios

Alberto

12 julio, 2017

No vi la novela pero eso es lo de menos el articulo es sencillamente genial mis respetos al autor

Fosforera Bill

12 julio, 2017

Si tenias tantos deseos de hablar de la novela no necesitabas gastas palabras en lo demas. Por otro lado, puede que la unica cosa que se este haciendo bien en este pais, en este momento, es no promocionar el reguetton de bajo nivel ( que sí es sexista, racista y violento) y mucho menos el que hace Chocolate, que es una ofensa al oido de cualquier persona con un minimo (muy minimo) de educacion.

Rolando Leyva Caballero

12 julio, 2017

Una debate social, teórico, alrededor del requetón como género musical y fenómeno de la cultura de masas me parece a estas alturas francamente ocioso. Otros temas muchos más urgentes deberían movilizar la voluntad popular de hallar soluciones, entre todos, a los problemas que nos afectan. Lo he dicho muchas veces y lo repito. El reguetón no es la enfermedad. Es el síntoma, ni siquiera de la decadencia educativa, sino de la imposición subrepticia de ciertos valores aparentemente inocuos en lo ideológico pero que han calado hondo con una facilidad extraordinaria. Aclaro. Tampoco es preciso satanizarlos. Tiene derecho sus “cultores” a ocupar un lugar en el mundo. No deformará de manera definitiva e irreversible la sensibilidad estética, ética y moral de la mayoría. Polémicas semejantes han tenido lugar al interior de la puritana sociedad socialista cubana desde hace décadas. Si es por eso todos los que bailamos y acosamos sexualmente a nuestras compañeras de clases cuando aún estudiábamos en la enseñanza primaria seríamos unos completos depravados y casi todos pecamos ahora de ser individuos comunes y corrientes. Sanos incluso. Al menos en apariencia. Cuando aquellos bailábamos raggamuffin, tan agresivo o más, por sus connotaciones eróticas, que el propio reguetón. En cuanto al tema de la homofobia me parece incluso, verdaderamente, a lugar, más que todo porque los que inocularon y desarrollaron el virus altamente contagioso de su práctica aún siguen en activo como decisores irresponsables de sus actos de dsicriminación y exclusión social. A esos es a los que hay que ajustarles y pedirles cuentas. Por lo demás me parece muy buen artículo de opinión, especulación, y análisis antropológico de la realidad. Es periodismo también es, debería ser siempre, posicionarse en la vida como individuos, amén de la política editorial

Ni que un beso Homosexual fuera el problema fubndamental de la vida de cubano de hoy.

Blanquita

12 julio, 2017

Por favor, a quien me puedo dirigir para tener una columna en esta pagina. Por lo q veo aqui cualquiera puede escribir no tiene que ser un entendido, se piuede escribir sobre el primer disparate q me viene a la mente, incoherencias , mezclar temas q no se les ve el inicio ni el final, criticar por criticar. Todo y que me disculpen los buenos columnistas a los cuales he podido leer aquí, pero este está tétrico. por fin de que habla?

albesuar

12 julio, 2017

Lo chabacano y vulgar en la música cubana no lo introdujeron los reguetoneros, esto viene de la década del 90 de cuyos temas nadie quiere acordarse, la diarrea de timba de aquella época produjo paradigma del mal gusto como aquello de búscate un timba que te mantenga ….que incitaba abiertamente a la prostitución o llevala a la shoping comprarle un pituza muy de moda en oriente, y que me dicen de arroz con palito una negra en el camello? canción completamente soez y quien sabe hasta racista. Los que hoy ponen el grito en el cielo con el ragueton (mas que todo porque no llenan ni la sala de su casa y por su puesto si no hay publico no hay money) fueron los fundadores de este estilo que ahora achacan a otros que sencillamente siguieron sus pasos y como muchas veces pasa el alumno supera al maestro. Lo preocupante como bien señala el articulo es reconocer por que el publico se identifica de manera frenética con esta manera de hacer, es muy simple la conclusión la música popular es un reflejo de la sociedad y sus cultores son cronistas de la realidad, no nos llamemos a engaños (primera condición para recuperarnos) esa es la sociedad que tenemos, censurar músicos es intentar esconder la basura cosa que con la tecnología actual es imposible.

alberto

12 julio, 2017

Jejeje cuando sonaba en la radio a todo volumen en los 90 …..tu eres una loca que se sofoca se descontrola se agita toda……a nadie le parecía sexista

albesuar

12 julio, 2017

El articulo es muy bueno lo que pasa es que no es apto para personas mono neuronales que cuando les hablan de tema y medio no hacen sinapsis y se atolondran quienes para colmo…… opinan

Pero, pero, pero, si el interés era hablar de la novela, no había necesidad de hablar mal de tu país amigo mío. Cada cosa en su momento y no peques de cándido x favor.

Luis Evelio

12 julio, 2017

Menos mal que yo no vi nada de eso.Hace unos anos me fui a Orlando,con la mala suerte que era la semana de orgullo gay. No quiero ni acordarme. Vomite tanto que me desidrate y tuvieron que ponerme un suero.

Pero ibas a escribir de la novela o de la homofobia?

Akinete

12 julio, 2017

Blanquita escribir como Maykel es sencillo: solo tienes que volver a nacer (2 veces).

De acuerdo contigo, Fosforera Bill. No hay por qué ensalzar la guapería barata, lo chavacano, la ofensa a la mujer en las letras, que todo eso está implícito en el reguetón que hacen algunos que presumen de artistas. Hay que ver la proyección en escenarios que tienen Yomil y el Dany y el llamado Chocolate, en sus letras y en sus gestos. Da vergüenza que en escenarios internacionales se presenten esos especímenes representando a los cubanos y a la música cubana. Por ahí también andan Osmany García, el Chacal y un largo etcétera. Excepción a los anteriores: Gente de Zona, sin más comentarios.

Magdiel

13 julio, 2017

Incríble como alguna gente que cada 5 minutos usa la palabra “Maricón”… se escandaliza si se muestra la homosexualidad en la TV… Y bueno sobre el reguetón… o los “artistas” que lo hacen realmente son eso que muestran, ese personaje que interpretan… o se rien de su público… cada vez creo que es más lo segundo…

Asiel RH

14 julio, 2017

Autor, y porque 160 noches habaneras, usted sabía que en provincia también se ve la novela, incluso mas que en la Habana que por ser la capital tiene más y mejor opciones q la telenovela…creo q 160 noches cubanas te hubiese salido mejor. Saludos

Magela Garcés

19 julio, 2017

Mis felicitaciones al autor. Buen texto.

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