Mitos de la colina universitaria

Kant, el muerto

Este es un mito que ronda en la Universidad de La Habana, y que ha pasado de boca a oído hasta llegar a incrédulos alumnos. Resulta que para el profe de mi profe la cosa estaba mala. Las dos aulas de Filosofía a las que les daba clases se amotinaban hacía una semana exigiendo que cambiara la fecha del examen. El tema: Kant.

La revuelta empezó en los pasillos, los balines fueron murmullos. Solo dio dos conferencias sobre el tema. Una semana es poco tiempo para repasar tanto contenido.

Ni los reiterados ruegos de los alumnos favoritos (porque siempre hay favoritos) ablandaron el corazón del Profe. Los cordiales portazos, primero en el decanato, más tarde en el rectorado, subieron aún más los vapores.

Luego, a ponerse de acuerdo, los jefes de brigada, la masa enardecida, las condiciones objetivas y subjetivas para las revoluciones que mencionaban en clases. No asistiremos a la prueba, fue la resolución final.

Al profe, que tenía el pecho sellado pero abiertas las orejas, llegaron tales truenos. Luego del sexto turno rogaba a los orishas lo sacaran del enredo. Bajando la escalinata de la bicentenaria Universidad de La Habana reparaba que en sus 30 años de docencia no se había encontrado con tan cabrona circunstancia.

Tomó el ómnibus extrañamente vacío y sintió que la Avenida Reina no era la de siempre. Cuando bajó en su parada comenzó a abrirse la camisa, y la cadena de oro con el dije de Santa Bárbara refulgió brevemente bajo el farol del solar. Dio las buenas noches, y amable rechazó el convite al ron. No hay ánimo para el buche con tantas preocupaciones.

Un olor a orina lo persiguió por la escalerilla descarnada hasta su puerta en el segundo piso. Ahí lo esperaba la primera clienta.

–Buenas noches, Doctor.

–Buenas noches ahijada –con un gesto la invitó a pasar al apartamento.

La mulata se sentó en la banqueta de madera como una rutina, y esperó a que el profe saliera tras la cortina de palitos completamente de blanco, lleno de collares con cuentas rojas, verdes y blancas, acomodándose un gorrito morado ribeteado en lentejuelas.

–Me hace falta hablar con mi abuelo –dijo la muchacha.

–¿Qué necesitas de tus muertos?

–Tengo problemas con un evento que está por llegar –explicó con desespero–. Y solo él puede responder mis dudas.

El profe soltó un chasquido de dedos. Como en un trance silente permaneció unos segundos mirando el suave balance de la cortina de palitos.

***

Lejos de tranquilizarse, cuando el profe entró en el aula el barullo creció. Ya no era lo más extraño que hubiera convocado a este repaso luego del último turno. Tampoco lo más indignante que en una breve nota mantuviera la fecha del examen. Esta vez se había pasado.
Contra toda regla autoimpuesta por más de tres décadas, el profe llegó al salón vestido de babalao. Pidió que apagaran los celulares y cerraran las ventanas. Entonces prendió una vela.

De a poco la gente hizo silencio mientras el hombre chupaba un tabaco y expulsaba la humareda sobre su buró. Los líderes de la revuelta, escépticamente confusos, aguardaban el momento para el golpe final entre los rezos del profe.

El retorcijón, caer sentado en la silla, los ojos en blanco por un instante. Y del profe escapó entonces una voz que no era suya.

–¿Quién pregunta por mí?

Ni una palabra del aterrado auditorio. Una laguna de silencio que parecía mar. Un jefe de brigada avanzó:

–¿Y tú quién eres?

El cuello del Profe, como separado del cuerpo, giró hacia el muchacho.

–Yo soy Kant.

Vudú estudiantil

A Mariela le daba mucha pena pararse en el aula para dar esas noticias. Incluso, le avergonzaba usar el plural de modestia para suavizarlas: “Muchachos, desaprobamos”.

Ese año, felizmente, solo dos exámenes habían resultado insuficientes: el de una vietnamita que nunca supo bien cuánto arroz pagó su gente porque estudiara en La Habana, y el de Nubia.

Ante la inminencia del mundial –que no era de fútbol ni voli, sino de Redacción– la asiática voló a Hanoi alegando que extrañaba de un modo visceral su bicicleta naranja. Para Nubia, la santiaguera, el recurso de los aviones le era ajeno y lejano.

Un berrinche adolescente la acompañó todo el viaje de tren a Santiago. El sudor le empapaba la ropa por el día y las lágrimas por la noche. ¿Cómo decírselo a abuela?

Qué clase de pena con ella, que la crió, la malcrió, para que ahora le diga que no estudió suficiente, que puede repetir el curso. Taita no dejó aquel pueblito de haitianos y se fue para Santiago para ver derrotada a su nieta. No limpió pisos y lavó como una caballa por Gustavo.

Algo había que hacer además de estudiar. La profe esa era un sangripesá. “Tú sabes lo que es de un aula de treinta y pico, solo desaprobarme a mí”.

A mil kilómetros de La Habana, a la profe se le partía el corazón, pero el examen de Nubia era insalvable. Le abatía que la muchacha tuviera que pasar todas sus vacaciones comiéndose los libros, tensa como un palo.

Así, entre tos y tos, Mariela componía la prueba del mundial. Tarde por las noches la profe, envuelta en una frazada, seleccionaba temáticas en las que Nubia no se enredara mucho.

La Habana se derretía a lo largo de julio y agosto. Y el examen estuvo listo. Llego el día cero y Mariela apenas podía salir debajo del edredón. Dejó la casa bastante retardada, tiritando, dentro de un abrigo de lana que no usaba desde Londres. Su familia la despidió en la puerta creyendo se desmayaría.

En la guagua procuraba rozar discretamente la mayor cantidad de personas: un modo seguro de sudar. Pero el sudor no llegaba y sentía frías las manos. La gente, con muy poca ropa, la miraba como quien mira a un loco.

Finalmente en el aula, agitada por las escaleras de la Facultad de Letras, Mariela observó a Nubia. Le devolvió la mirada, los ojos como platos, una sonrisa reprimida.

Disculpas. Papel. Y una hora luego el examen de vuelta al buró.

Nubia se despidió mirando de arriba abajo el pálido semblante de la profe. Incómoda con el escrutinio, Mariela le comunicó que le haría llegar las notas lo más breve posible. Remarcando la frase como una gentil despedida, se asombró cuando Nubia regresaba sobre sus pasos:

–Profe, yo le juro que cuando llegue a Santiago lo primerito que hago es sacar el muñeco vudú del refrigerador.

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Comentarios

Montecristo

7 abril, 2017

muy bueno

Urban J

7 abril, 2017

jajjajjaja, benisimos! conozco otros mitos

Muy buenos conozco el mito de un huevo enterrado en la parte de abajo de algún decanato…jaja

!qué cosa más simpática!

alberto H.

10 abril, 2017

Ese primer tema fue el que motivo al maestro Zumbado a declarar solemnemente :
” I cant…No puedo con Kant…!

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