Patricia: un dolor ante el espejo

Patricia: un dolor ante el espejo

Se amarraba su cola de caballo con la primera cinta a mano y, como una exhalación, desandaba las calles de Santiago de Cuba.

Se detenía para entrar a Enramadas, erizada de vidrieras. Mientras sus ojos se posaban en el brillo de los maniquíes, otros se posaban en sus sandalias, en su bolso apretado. Saludaba a las dependientas como a viejas amigas, y sacudía el pelo, como si sacudiese también las maldiciones que le salían al camino.

Dicen que quería parecerse a La Doña ―a María Félix, por supuesto— y que se maquillaba para buscar semejanza con aquellos ojazos que devoraban la pantalla. Coleccionaba sus fotos de las revistas en colores y las pegaba en un álbum del que nunca se separaba.

Ya era viejo cuando cobré conciencia de su existencia. Ya nadie le corría detrás. Ya nadie le gritaba pájaro o maricón. Le decían Patricia… que había alcanzado la categoría de sinónimo.

Había cansado a los homofóbicos cuando esa palabra no aparecía en los diccionarios, cuando la mofa hacia los homosexuales formaba parte del folclor nacional. Jamás se inmutó: se había fabricado su propio planeta y vivía con naturalidad en él.

Que algunos tocaran después a su puerta, era harina de otro costal. En las altas horas se acordaba un pacto de silencio. “Ostentar públicamente semejante condición” era una afrenta social. La hipocresía era premiada, y además, pocos tenían el coraje de Patricia.

Una tarde me le acerqué. Me enseñó su carné de identidad en el Parque Céspedes, en el corazón de la ciudad. Oficialmente se llamaba José Daniel Roibal Granados, pero hasta él mismo parecía haberlo olvidado. Tenía ochenta años, un poco más.

Apreté el obturador de la cámara. Una blusa de tirantes, las hebras de mil años, la sonrisa congelada de artista. Cuando la he mostrado, me preguntan si es mi abuela. A Patricia le hubiese gustado: ¡Al fin!, los años le habían puesto más que arrugas, habían revelado a la mujer.

“Nunca he ido a La Habana”, me repitió como un sonsonete, nunca. Luego me habló de una granja, del trabajo, de las UMAP. Le descreí: “Yo no miento, yo respeto”, subió ligeramente el tono. De su bolso de Penélope, sacó un mugroso boletín lleno de arengas, y una fotografía. Parecía una bailarina embutida en un uniforme militar.

Patricia lavó para la calle, trabajó en una granja agropecuaria, limpió cuanta mierda apareció —sabe Dios que más―; muchas veces por lo que quisieran darle. Vivía en un tugurio, la bebida iba imponiéndose a su espíritu… aunque de eso no me habló jamás.

Tiempo después de aquel encuentro, casi por casualidad, me enteré que Patricia había muerto. Recuerdo una fotografía suya con un elegante vestido: la espalda enjuta, una chispa de interrogación y otra de asombro; un jarrón de flores, duplicado ante el bisel.

Ojalá cuando otras Patricias se interroguen ante el espejo, tengamos una respuesta justa para darle.

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Comentarios

victor mendez

17 Mayo, 2016

Espectacular, que maestría para contar la historia de otra persona no comprendida, victima de los tabúes, es hora de que salgan las patricias, hora del respeto, de no temer a lo diferente porque lo diferente no es enemigo, sino que vive junto a nosotros y el miedo, no ayuda, sino la mano, no queremos más fotos de otra patricia con una sonrisa de actriz, queremos que sean felices todos los seres humanos, siempre que sean auténticos

Luis Hidalgo Ramos

7 Febrero, 2016

Hermoso texto, emocionante y profundo. Bien escrito, como bien escritas han sido siempre las letras de este autor, al que admiro y respeto. Patricia, frente al espejo de la eternidad, quizás aún maquillada como “La Doña”, te agradece con lágrimas en los ojos, las que también le provocó a mi corazón esta lectura.

Excelente artículo eres un genuino comunicador que va mas allá delos prejuicios y restricciones político sociales felicidades orgullo del periodismo santiaguero

Milena Ginarte

1 Febrero, 2016

Como siempre no hay otro adjetivo para calificar un trabajo tuyo que “Excelente”, aparte del lindo homenaje a un personaje de la cotidianeidad santiaguera. Cuantos errores… cuantos atropellos…

Alfredo Fernández

31 Enero, 2016

Excelente homenaje a un personaje tan incomprendido de nuestra ciudad!!!

Adrian Vargas

30 Enero, 2016

Buen reportaje

Alberto

2 Octubre, 2015

Una historia muy conmovedora y creo que en cuba en todas las ciudades, pueblos, barrios y cuadras existieron muchas patricias y hasta hoy por hoy a pesar del brillante trabajo de Mariela Castro todavia existen patricias que dia a dia tienen que imponerse con valentia a la homofobia de muchas personas y a la sociedad, a dirigentes y autoridades que todavia descriminan a estas personas inofensivas y que miran como delincuentes y criminales por su preferencia u orientacion sexual. Quien no recuerda la UMA donde estuvieron tantos artistas e intelectuales entre otros. El pueblo de cuba vivio muchos años bajo la doctrina que el ser homosexual era una verguenza y una persona que no estaba a la altura de una sociedad socialista, era una plaga que los revolucionarios no debian darle espacio en la soxiedad.

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