Que nadie hable más alto

Ningún ser humano murió tantas veces como Fidel Castro. En consecuencia, nadie sobrevivió tanto. Durante más de seis décadas lo mataron 638 atentados, miles de titulares de prensa y millones de plegarias. No es de extrañar que mi reacción automática ante la súbita noticia de su deceso –¿qué noticia dada con decibeles de despertador de miércoles, a las 6:30 de la mañana de un sábado no lo es?– fue ampararme en al menos tres fuentes periodísticas diferentes. A las 6:31 am, la voz de Raúl Castro –hermano y presidente– rasgaba el perfecto audio de mi laptop anunciando la muerte que durante décadas había sido anunciada.

Lo inmediato fue pensar en mi viejo. Mi viejo nació en un cañaveral al sur de San Rafael, un barrio al sur de Quivicán, que está al sur de La Habana, que está al sur Washington, o Madrid. Eso es mucho sur. Un sur que Fidel le reconfiguró. Por Fidel, por su proyecto de nación mi viejo se fue a una escuela interna a enseñar. A un partido comunista a militar. Por él trabajó años en una variedad de calabaza que nos salvaría del hambre. En una más de esas interminables expectativas de Ubre Blanca, 10 millonistas. También por él cuando no quiso tirar huevos –porque mi viejo entendía “que sí los necesitábamos”– fue a parar de nuevo al cañaveral. La vida de mi viejo, la de muchos que aún están en el surco, en el rigor de un torno o en el tibio atardecer de un sillón en el portal, están ligados al idealismo –si no ideario– de Fidel. Por eso lo inmediato fue llamarlo. Escucharle decir que estaba bien, hasta donde lo dejaba su historia.

Tres veces le alcé la voz a mi viejo, tres me la alzó él. Todas estuvieron de alguna forma relacionadas con Fidel. De ninguna de esas discusiones yo recuerdo un vencedor. En cambio puedo recordar la espesura de un mutuo dolor. Una madrugada mientras se disculpaba decidimos en pacto no firmado –los únicos verdaderos– que nadie volvería a gritar. Con mis silencios yo respetaría lo que para él fue el Comandante. Con los suyos, él respetaría lo que para mí no. La mañana del sábado mientras lo escuchaba decir que es duro pero que está tranquilo, entendí que el día en que ninguno de los dos gritó más alto su dolor algo definitivamente se curó.

He leído de no pocos colegas y amigos que no estaban preparados para la última hora de Fidel. Sospecho que la causa no está más en la valoración de su vida, que en la voluntarista negación de su muerte. Que es, en fin, de su condición humana. Así como nadie murió tantas veces, nadie lo hizo durante tanto tiempo. Fue esa, sin planearlo –como pocas cosas en la vida de Fidel–, su última gran victoria. Si el 25 de noviembre de 2016 hubiese sido cualquier día de una década anterior, cualquier sábado súbito de 2006, 2007, de 2000, hubieran sonado menos a destiempo –aunque no menos lamentables– los tambores. Hoy no son más que la caprichosa nostalgia por ejecutar una coreografía que de tanto ensayarla, también envejeció.

Ayer me preguntaba qué celebran quienes celebran. Incomunicado de la emoción me dije que el significado político de Fidel Castro –tenga la polaridad que tenga– no es menor hoy de lo que fue en los últimos diez años. En realidad, como todo día después de la muerte –esa puerta estrecha que conduce al símbolo–, es mayor. Fidel Castro regresaba del anciano en chándal, de una vejez vestida por Nike, Adidas, o Puma, a la barba oscura, al habano en boca, al verde y el olivo, a las primeras planas. Con todo lo que de un lado u otro eso representa. Siendo así, me pregunté de nuevo, ¿qué celebran? ¿Una transición biológica? ¿Ese acto cuya naturalidad solo altera la suerte histórica que lo puso a zarpar por segunda vez, 60 años después?

Qué júbilo triste. Ninguna muerte, la que sea, devolverá vida. La muerte solo sabe quitarlas. Qué júbilo triste ese que le grita su coreografía al luto. Ese que tiene que sonar bien alto para que no sobre, para que no se escuche un solo duelo. Como si gritar más alto pudiera silenciar al silencio. Como si fuera cierto que en un muerto celebrado cupiese toda la culpa, todo lo que no fue. Júbilo triste si es estridencia contra silencio, y no respeto contra respeto, la primera piedra del día después.

La Historia –e historia– de Fidel Castro no puede ser narrada en una columna, me comentaba ayer un sabio. Por cada línea escrita sobre Fidel, hay en paralelo una columna a Castro que la desdice, que la ataca, que le salta al cuello y la reescribe. Por cada línea hablando del líder que defendió el derecho universal a la educación y la salud en y más allá de Cuba, habrá una para el que quitó a un hijo el derecho individual de despedir a sus padres.

La vida de los hombres comunes puede escribirse con una sola tinta, a veces en una sola página. Puede incluso no escribirse. La de los hombres que a fuerza de idolatrías u odios son devorados por su mito siempre tendrá una segunda columna, una página en su reverso. Un próximo libro. Ninguno de nosotros podrá imponerle al otro el Fidel propio, porque en la imposición, gritada o retransmitida, estará reproduciendo también su antípoda.

Repaso las imágenes de estudiantes en la Universidad de La Habana, de las filas en la Plaza. Una columna dirá que son todos férreos continuadores de su ideario. La otra, que involuntarios movilizados de una herencia, como si todas las lágrimas fueran movilizables. Yo estaba a 6 000 km, y dejé la mía. Por el país que por Fidel y sus compañeros hace casi 58 años dejamos de ser. Por el que en gran medida debido a él, hoy no somos. Y sobre todo, por el que, si no hacemos algo más que escribir las mismas columnas, nunca llegaremos a ser.

Podemos pasarnos otras tantas décadas lanzándonos a Cuba contra Cuba. La única verdad es que cuando se agoten los tambores, el luto, las enjabonadas alabanzas, las culpas y el silencio, queda un país. Del que nadie, como también cantó Habana Abierta, tiene toda la verdad. El que podemos construir a pesar de toda la verdad.

 

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Comentarios

Muy interesante su artículo, no discuto la tremenda figura de Fidel, lo que si estoy seguro es de la doble moral que se vive en Cuba y todos sabemos su origen, me pregunto, cuántas personas que acuden a la Plaza de la Revolución lo hacen con verdaderos sentimientos. cuántos realmente lo hacen de corazón,

Lo felicito, lo mejor y más atinado que he leído en estos últimos días.

Julio tejera angarica

29 noviembre, 2016

Cuba contra cuba es una realidad me gusta tu artículo y te doy las gracias y te felicito más la enseñanza de un padre que supo trasmitir a su hijo como escribes con respeto que nadie hable más alto.gracias

¿Y usted donde aprendió el oficio de periodista? ¿En la Cuba de Fidel? ¿O en la Cuba de Batista cuando Fidel y sus compañeros hace casi 58 años lo mandó a volar antes de que terminara de destruir esta isla? Supongo que fue en la Cuba de Fidel y fue gracias a Fidel que lo logró. Usted dice que su “viejo nació en un cañaveral al sur de San Rafael, un barrio al sur de Quivicán, que está al sur de La Habana, que está al sur Washington, o Madrid. Eso es mucho sur. Un sur que Fidel le reconfiguró.” ¿Ha pensado alguna vez que si Fidel no le reconfigura el sur a su padre tal vez el hambre y la miseria se lo lleva antes de nacer o al poco de haber nacido? ¿O es que era pudiente y de ahí proviene el rencor, pues perdió cosas? No hable mal de Fidel que no lo conocía, y no derrame más lágrimas por Cuba y regrese a defenderla de un bloqueo que no nos quitan, de aquellos que nos acusan sin motivos y sin razones. Lo miles que fueron a la plaza lo hicieron de corazón. ¿De verdad alguien cree que se puede coaccionar a miles de personas para rendir homenaje a alguien? Allí vi mujeres con niños de brazos y en coches, ancianos guiados de las manos de sus hijos, Eso solo se hace por convicción.

Ana, no te pierdas en el dato pequeño. Este artículo va más allá de eso. Nadie toda la verdad!! Ese es la verdadera idea que se transmite acá.

Creo que lo mas importante es pensar en cuantas de esas personas que acuden a la plaza y cuantas de esas personas que desde cualquier lugar del mundo escriben cualquier cantidad de cosas, para bien o para mal, quieren que nuestra Cuba sea un país mejor. Que debemos hacer para lograr eso, para un día poder regresar a casa y ser felices con nuestras diferencias. En eso es en lo que debemos pensar.

Javier (el otro)

30 noviembre, 2016

Los parrafos donde hablas de tu Viejo es una de las cosas mas geniales que he leido. Mis respetos!

Todos deseamos una Cuba unida, todos queremos ayudar a sacarla del hueco, pero para que haya unidad entre Cuba y Cuba primero tiene que haber disposicion de ambos lados pero sobre todo del que tiene el mazo en la mano.

El asunto es más complicado de lo que usted con una filosofía bastante simplista y olvidado de ciertas esencias históricas olvida o manipula. Veamos el caso de una manera más simple: cuando se muere un padre, o alguien muy querido, se le llora sin dejar de reconocer que pudo no haber sido una persona perfecta (¿quién lo es?): al final prevalece la indiferencia, o el amor eterno. Créame que las muchas lágrimas que he visto derramar en estos días, y las mías propias, no son fabricadas ni compradas. Habría que verlo para creerlo. Vendrán lo análisis con el tiempo, por supuesto, pero en él deben prevalecer principios vinculados a la clásica soberbia del herido del Norte y a la necesidad nuestra de mantener la soberanía, la dignidad y muchas cosas más. Después de tener eso en claro, que se abran a la discusión todas las teorías que se quieran, siempre que estén libres de odio y de simplezas especulativas. olivia

Yo soy el ambia

30 noviembre, 2016

Excelente articulo…

hoy estuvimos largo rato haciendo un recuento,exprimiendonos la memoria entre todos, aportando los nombres que recordamos, de los que en nuestro pequeño pueblo participaron en aquellas marchas que siguieron a los sucesos de la embajada del Peru, solamente personas fisicamente impedidas no participaron, pues bien, de todos aquellos que logramos recordar, que no son pocos, que %, utilicemos esta forma de medir, para no hacerlo con valores absolutos, no estan en Cuba hoy ? no se los voy a decir, lo dejo de tarea, nota, estos valores porque no, sirven para valorar como se comporta en “%” la doble moral en Cuba. gracias.

No hay una “Cuba contra Cuba”. Hay cubanos indignos, en minoría, contra una gran mayoría de cubanos que siente luto y que apoya todo lo que Fidel significó. En todos los pueblos, en todos, absolutamente, los hombres van en dos bandos. Por que si seguimos esa línea de “Cuba contra Cuba”, resultaría que lo que hizo y hace Posada Carriles, y otros como él, estaría justificado. Y no lo está.

Como al autor de este artículo, tras conocer la muerte de Fidel, lo primero que vino a mi mente fue mi viejo. Tuve con mi padre muchas discusiones, quizás similares a las suyas, por cosas que no entendía o me cuestionaba, pero siempre creyendo en la mejor sociedad que ambos soñamos construir. Recuerdo que muy cercano ya al fin de sus días y recién cumplidos 90 años me dijo… “…lo que estamos haciendo no es lo mejor… pero hay que defenderlo”. Fue la primera y única vez en toda su vida que me hizo una “concesión” de principios, y lo que realmente sentí fue una enorme verguenza y un multiplicado respeto.
Mi padre, como todos los hombres, fue el resultado de su vida y sus experiencias personales, muy duras por cierto, de una humildad extrema y con terribles vivencias incontables. Él sintió y confirmó que la Revolución de 1959 le abrió un espacio de esperanza y le garantizaría a su familia un futuro muy diferente al de la despiadada sociedad de su niñez, e inevitablemente nunca pudo y nunca quizo desvincular ese cambio radical que se produjo de lo que representó la guía de Fidel.
En sus memorias escritas descubrí también que le alegraba mi actitud contestataria y la inconformidad. Aprendí de él a pensar y lo reconocí siempre como mi paradigma de hombre, -imperfecto y humano, intransigente y paternal- fiel a sus ideas y al de sus líderes.
Entre mi padre y yo nunca se abrió un abismo de silencio pese a nuestras discrepancias, y su ejemplo fue el que me impidió abandonar la trinchera en que convirtió su vida y asumir a sus guías como propios. No pude llamarlo en el momento de la muerte de Fidel para preguntarle como se sentía, pero si llegué hasta el lugar donde hace tres años dejé sus cenizas y con el pensamiento le pedí que abrazara al Comandante, que le despidiera a nombre mio y de mis hijos, y le agradecí su legado que no me impedirá jamás ver la grandeza de un Gigante.

Alfredo Lescaille

1 diciembre, 2016

Leyendo este artículo recordé un juego de mi infancia que decía: amagar y no dar, un pellizquito y salir a volar…

Mejor no hubieran escrito nada
Así por una ves por toda , no le damos el gusto de la ultimas palabras a dedicarle para mal o bien

Yo lo único que diría es ahora quisiera que mis familiares estuvieran vivo en estos momentos.
Por lo menos conocí a muchas personas machores que si hubieran estado en vida no celebrarían su muerte pero si so partida

Ps On Cuba siempre con postulas no muy comprometedoras o crítica

Muy atinado, y muy respetuoso, no veo por qué algunos se ofenden, cada cual tiene su opinión, lo importante es, justamente, que nadie hable más alto.

jose dario sanchez

6 diciembre, 2016

jose LP: esa fue la gran Burla del occiso…..apoyandose en los Humildes, los volvio aun mas miserientos y ciegos !!!Pero, se acabo, la Sombra Negra se esfumo…todo se acabo……por fin !

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