Quemar el año

Ni los cumpleaños me gustan mucho, ni suelen encantarme los rituales de celebración. En general todos tienen algo que no me apetece: no hay sorpresa, y pasarla bien es casi un deber. Así, por ejemplo, la familia reunida, a veces, más que una alegría se convierte en una incomodidad. Mi padre siempre recordaba, citando a alguien, que no hay nada más cordial que el odio de familia.

Los 31 de diciembre son el epítome de esto que digo. Está pensada para ser la fiesta más concurrida que organizamos o que nos organizan. Vendrán o iremos al encuentro de parientes de toda catadura: es la hora de los primos segundos, y de los concuñados. De esos que uno no ve y no extraña en 364 días, pero que tocan con la misma persistencia que el pan ácido de la bodega.

Son fiestas infinitas que deben durar más allá del bostezo postpandrial de las 10:30 de la noche, cuando ya casi todos los borrachines se caen de boca después de cuatro o cinco horas bebiendo alcohol desatinadamente en medio de una furtiva competencia a ver qué testosterónico macho resiste más, cuál hace más chistes, quién canta más alto o quién da el espectáculo más memorable –¡porque hay que estar contentos! Qué no se diga.

La mayoría de mis 31 han sido gratos, incluso alegres, pero nunca he anhelado el próximo. No me apena decir que me aburre además, como a mucha gente que conozco, el arroz con frijoles negros y la carne de cerdo asada. Que la lechuga en Cuba es amarga y no es sabrosa. Que la zozobra de la yuca –¿se ablandará?– tiene algo de teatralidad infundida para poder mantener a toda costa ese comentario final que nunca faltará, mientras suenan de fondo los tenedores paleando el alimento: “la yuca está buena…”

Desde que existe Facebook, encima, he notado que esa costumbre pegajosa de estar feliz en público nutre el esquema, y se hace todavía más inflexible la tradición. Se desprenden en cataratas incontroladas delante de mis ojos las indiscretas vistas de los platos servidos y de las salas y de los comedores a los que no entraríamos nunca si no fuera por este streaptease perenne de las redes sociales. Veo, y no porque quiera verlas, las risas desdentadas de las abuelas regordetas que sus nietos no protegen de la indiscreción como si de algo desechable se tratara; los perros que merodean los cubos empercudidos en los que espera para ser botada el agua vieja del viejo año.

Y de todo esto elijo algo que verdaderamente disfruto: esos recodos purificadores que han ido extendiéndose como una costumbre lo mismo en pequeños que en grandes poblados de Cuba; en las calles de los barrios pobres y en los jardines de la jet set habanera: quemar el año, incinerar para dar paso a lo nuevo como en los ritos paganos que penetraron la España de los siglos inextricables y que luego vinieron a América, como todo lo demás, para convertirse en otra cosa.

El “año” es del tamaño nuestro, una persona más. Vestido de pies a cabeza con los harapos que se puedan destinar a la pira; a veces lleva pelo, a veces tiene zapatos, según la dedicación y el estilo de su creador. Es un tipo que viene y se sienta, cándido, muy cerca de la fiesta. Se le ofrece un trago y hasta tabaco. No supone su destino. A las 12 arderá.

Año tras año quemaremos uno como él para que se lleve consigo toda la maldad, las tristezas pasadas y las enfermedades, lo que no queremos vivir más, la suerte pésima que hizo nido, el desamor, la muerte que nos estuvo merodeando. Y cada cual sabrá de lo suyo, de lo que se extingue en ese pasado tan reciente.

Las cenizas encendidas ascienden en la oscuridad; cruje el monigote, se retuerce. Los niños ríen, gritan, se canta, se aplaude, el fuego abrasa a todos. Adiós. El fuego es un acto de libertad, performance íntimo que nos deja otra vez listos. Un año más, y uno menos.

Foto: José Miguel R. Ortiz.
Foto: José Miguel R. Ortiz.

 

Foto: José Miguel R. Ortiz.
Foto: José Miguel R. Ortiz.

 

Foto: José Miguel R. Ortiz.
Foto: José Miguel R. Ortiz.

 

Foto: José Miguel R. Ortiz.
Foto: José Miguel R. Ortiz.

Comentarios

Pedro Perez

3 enero, 2018

Me alegra tener una visión completamente distinta de las fiestas del 31 y las reuniones familiares… y me da pena por ti…

Carlos Ávila Villamar

3 enero, 2018

Me gustó muchísimo. Soy ese viejo de las películas de navidad que se niega a ponerle lucecitas a un árbol cortado y al que todos los demás personajes tratan de ayudar, como si tuviera algún problema médico.

roberto

4 enero, 2018

Hija, por Dios, que amargura la tuya! Creer que la alegria de la gente no es espontanea, sino por obligacion o costumbre, o como dices porque “hay que estar contentos” es cuando menos patetico. No te proyectes. Gracias a dios, a diferencia tuya, no conozco a mucha gente que le aburre el arroz con frijoles negros y la carne de cerdo asada, pero al que conoci alla en Cuba, ahora lo ves aca en la Conchinchina, a -20, zapateando mercados en busca de “Goya de paquete, no de lata, que no pinta” para hacer el congri “como lo hacia mi mama, con mucho chicharron”. Pedro Perez, te me adelantaste en el comentario

Mi fiesta familiar es Nochebuena y creo que siempre fue asi en Cuba, al menos cuando se celebraban ambas. El fin de Año era para bailar y beber. La comida no era lo mas importante, como en Nochebuena.
Me apena mucho tu aburrimiento, cosa que es rara entre cubanos. Este Año Nuevo lo espere en el portal de mi casa junto a mi esposa y dos amigos, con una copa de champagne mirando los fuegos artificiales, tirando mi cubo de agua y deseando un año major para todos dondequiera que esten.

Hay dos paises en Cuba y para ello es diferente el fin de año, en terminos de cenas y bebidas
1.- los que tienen porque le mandan remesas (1cuc: 24 cup), pertenecen a las elites privilegiadas o son los agente del mercado negro y del robo en los mercados, almacenes, puertos, aeropuertos y doinde sea.
2.- el resto, que son los que trabajan honestamente, tienen un salario en cup (1 cup: 0.04cuc) y tiene que oir por televisión la importancia de cocinar con aceite de oliva y la preparación de las diversas comidas y postres, incuido los trurrones, para el fin de año
Ambos lo pasan muy alegres, los primero que todo continue como está. Los segundos esperando al menos a que los dirigentes y funcionarios cambien de mentalidad para el nuevo año

michel fuentes

4 enero, 2018

Es la mejor expresión del mal gusto, no le gusta nada lo bonito de fin de año, lo que le gusta son los muñecos horribles de mal gusto que hacen para quemar el fin de año. Encima de todo piromana
Del Corazon hablan la boca

Ay, profe! Cuando yo sea grande quiero escribir como usted. O mejor, eso lo escribió pensando en mi, verdad?
Excelente artículo, como siempre!
Mis mejores deseos para su 2018.

Milena, mi amiga, lo siento, pero terminé muerta de risa de las cosas que te dice la gente. Esto tiene el periodismo, no siempre se acierta. Pareciera que te gustan más lo muñecos que la gente, y eso no es verdad…jajajaja. Oye la carne de puerco asada es inigualable y la yuca igual, cualquier día del año. Viva el 2018, caramba.

Carlos Ávila Villamar

8 enero, 2018

Uno lee cada comentario. Pedro Perez, me da pena por ti…

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