Del ají a la moto

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“Rufo” tiene 20 años y ya no se come las uñas: lo ha obligado su nueva profesión en El Trigal. A cada rato el joven pone cara de tortura, escupe entre dientes y masculla unas palabras. El ají cachucha es su negocio, pero “ya no hay un puto ají que no sea picante”, suele quejarse con frecuencia
Estos guajiros siempre están en lo mismo, la gente siempre quiere tumbarte, por eso los muy cabrones te hablan de precio cuando ya están aquí y no cuando los llamas pal pedido. “Que si tengo que ver a cuánto el campesino me vende el ají, que a cuánto cojo el petróleo, que si tocar a la fiana (sobornar a la policía), que si alquilar la tarima aquí me cuesta $120, que si el almuerzo a 50 cañas, que si los papeles, que si los impuestos”. Al final todo es muela: ellos siempre cogen el saco a $ 50, me lo venden a $ 100 y le sacan el doble. Diez sacos, $ 500. Sencillo. El que tiene que rasparla aquí soy yo…
Nada, pero después de todo, hoy es viernes, hoy es el mejor día, si ellos no aflojan yo tampoco, hoy vienes a comprar todo el mundo, le recorto la medida al comprador, o le saco media lata al saco y lo vendo a $ 120. Así, cada seis saco que compre hago uno extra, $ 120 más para mi bolsillo. Con ganancia normal de $ 40 por cada uno, $ 400 son diez sacos, más $ 120 del extra, en total $520, hoy sí hago el pan aquí.

Trabajar en el Trigal da suficientes ganancias como para soñar con comprar una moto
Trabajar en el Trigal da suficientes ganancias como para soñar con comprar una moto

Ojalá to los días fueran viernes, así sí me compro la moto rápido, llevo dos año ahorrando kilito a kilito y todavía faltaaaaa… pero bueno, tranquilo que todo llega. No todo, al colega de las cajas no le va a llegar nada.
El tipo tenía un buen negocito: compraba las caja a 10 y las vendía a 15, se ganaba cinco pesos por caja, 100 caja, $ 500, sencillo, pero lo explotaron por inflar con el machete, y todo por una calculadora, lo atravesaron de lado a lado con un cuchillo, cuando lo llevé para el carro ya era por gusto, ese sí se jodió…
Pero la moto, lo mío es la moto, en Pinar nunca me la iba a poder comprar, ganando $ 40 al día, trabajando en el tabaco, ni en la otra vida me empataba con ella…
Caballero, y pensar que yo trabajé en la tierra, del carajo, desde que descubrí el mercado más nunca vuelvo, la tierra lo único que da es fango en las uña. Y aquí me puedo comprar la moto, y me alcanza también para ayudar a mi chamaco (hijo), por eso tengo que quedarme a trabajar en el mercado hasta que lo cierren, la vida entera si se puede…
¡Coño chico!, ¡la jodía manía esta de comerme las uñas que no se me quita!, siempre me olvido que ya no hay un puto ají que no sea picante. ¡Este trabajo es una mierda!

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Comentarios

Lisbet Alfonso

10 enero, 2016

Hola! Me gusta mucho su pagina en general! Y esta serie sobre el cicuito del comercio alimentario esta muy informativa. Una observacion : me hubiera gustado que en este articulo hubiera habido un poco mas de “jugo periodistico”, al menon alguna que otra aclaracion, sutileza de la parte del “redactor”. Y no solo verbatim. Estos son muy interesantes, pero bueno lo mejor es combinar el analisis del que hace el articulo con el entrevistado! Saludos

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