Ian Padrón, hermano de Elpidio

Ian Padrón es el hijo mayor de Juan. Es conocido en Cuba por ser el director del controversial documental sobre los Industriales, Fuera de Liga, que fuera censurado a principios de los 2000, y por la película de ficción Habanastation, aclamada por el público hace pocos años.

Me recibe sin muchas formalidades en su apartamento en la Florida. Pasamos inmediatamente a su estudio, donde imágenes de Elpidio Valdés junto a otras de béisbol cubano ocupan las paredes.

-Mi familia siempre fue muy curiosa, porque era mitad española, mitad cubana. Mi papá siempre se estaba burlando de los españoles en las películas de Elpidio, así que imagínate, él utilizaba frases de mis abuelos, o cosas que ellos le contaban.

Ian es de la generación de niños que creció viendo los animados de su padre, por quien siente una gran admiración y respeto como artista. Curiosamente, no fue hasta los 5 o 6 años que descubrió quién era el autor de Elpidio Valdés.

Ellos vivían en una casa extremadamente pequeña, donde Juan, para trabajar, tenía que abrir una mesa plegable en la pared, pero no podía hacerlo hasta que Ian y Alberta durmieran, porque al abrir la mesa de dibujo bloqueaba la puerta del refrigerador. Ian dormía en un sofá-cama, cuando un día despierta a las tres de la madrugada y descubre a su padre dibujando. Al acercarse, sorprendido, ve en los papeles a Elpidio Valdés, héroe de su infancia. “A partir de ahí cuenta mi papá que a cada rato entraba yo con varios niños a la casa y les decía orgulloso ‘Ese es el que hace a Elpidio Valdés, y es mi papá’ y volvíamos a salir.”

Ian se convirtió en un fanático de estos animados, al extremo de que decía llamarse Ian Elpidio Valdés Padrón. “Para mi generación era un héroe, un orgullo nacional, y yo me crie siendo el hijo de la persona que lo hacía, también me contagié con ese orgullo, no estuve ajeno, iba a ver todas las películas”.

-¿Cómo es Juan en lo familiar?

-A mi papá no se le escapa un detalle, en cada cumpleaños, día de los niños, de las madres, nos hacía postales dibujadas por él, donde trataba de reflejar los aspectos que creía se debían mejorar, o cosas simpáticas de la familia. Mi mamá las guarda, debe tener una colección como de 100 –me dice riendo– también así se ahorró mucho dinero en regalos.

Llama la atención que Juan a pesar de su gran popularidad, de haber creado animados que pertenecen a la memoria colectiva de un país, que son ya símbolos, a pesar de que ha sido el propio pueblo el que lo haya colocado entre los más grandes de la cultura cubana, mantenga un perfil tan bajo, una humildad tan grande.

-Mi padre es buenísimo en lo que hace, pero a la vez es muy sencillo. Nunca ha tenido poses. Yo pienso que si él hubiese hecho gala de su popularidad, si se hubiera creído eso, no habría sido el mismo padre. Siempre fue muy normal, jugaba pelota en la esquina conmigo, iba a las reuniones de padres. He visto a gente con mucho menos promedio de bateo, que nunca han dado un hit, y que son muy creídos con la gente en la calle, con su familia, y mi papá nunca fue así. Se lo agradezco mucho, porque pienso que las personas, mientras más grandes, más sencillas.

Juan Padrón, un pillo manigüero

Años atrás, Ian acompañó a su padre a la presentación de un libro de Elpidio Valdés en la Feria del Libro de La Habana. Esa mañana se vendieron miles de ejemplares, todos los que se habían destinado a la presentación. Entonces, una persona le pidió a Juan que le firmara el suyo, luego otra, y otra, hasta que se armó una fila enorme. Algunos iban hasta con 10 libros. Comenzó a pasar el tiempo, y tuvieron que salir del salón de presentaciones y Juan siguió autografiando libros al aire libre, bajo el sol. Más de dos horas después la fila no terminaba. El brazo de Juan estaba destrozado, y su salud comenzaba a preocupar a Ian, que a cada rato intentaba convencerlo de irse.

– Me decía “Mientras haya una persona interesada por mi trabajo yo no me puedo ir”. Al final no le pasó nada grave, pero el brazo no le sirvió en unos días. La popularidad que uno logra como artista no es cien por ciento de uno, es también en el lugar que te pone la gente, un día haces un feo, te pones en una pose, y puedes perder la comunicación con la gente, que es la que te pone ahí, en un altar.

A Juan Padrón nunca le han dado una casa, nunca le han regalado un carro, quizá porque él nunca ha pedido nada. “No es un tipo que está pegado al poder, a ver qué resuelve. Nosotros como familia somos muy ingenuos, no tenemos maldad, ni somos buenos para los negocios. A veces nos sentamos y decimos ‘Este año tenemos que cambiar la filosofía, ser más prácticos, mejores para los negocios’. Eso sí, todos somos muy apasionados con nuestro trabajo.”

– Cuando me fui de Cuba, entre las razones que tuve fue que mi papá no tenía carro. Él me había dejado su cacharro, que era un Lada, y yo lo reparé, pero después él no me lo quería quitar, entonces al irme al menos cogió el carro, tiene donde moverse. Yo siento que en Cuba no lo han respetado lo suficiente, deberían ocuparse más de una persona como él, de que tenga las cosas básicas.

– ¿Por qué crees que no lo han respetado?

– Un ejemplo es el de los derechos de autor, porque con eso de que las cosas son de todos, al final no son de nadie. Hubo funcionarios en el ICAIC que se sintieron dueños de Vampiros en La Habana, y no permitían a mi papá utilizarlos en una obra musical, por ejemplo. Es una estupidez, en una sociedad donde no te pagan lo que deberían pagarte por tu trabajo, además quitarte lo único que tienes, que es tu patrimonio, tu creación.

Ian habla con vehemencia, para todo tiene un buen argumento, alguna idea.

– Mi papá no es capaz de dar un golpe en la mesa, de decir que no se va a hacer más Elpidio Valdés en Cuba. Mi papá es como un mambí ya retirado, fuera de forma, él me enseñó que hay que poner a Cuba por encima de todas las cosas personales, y eso yo lo aprendí, pero tengo la contradicción, porque vine para acá. –Ian hace una pausa. Se le quiebra la voz– él siempre ha pensado que quedarse en Cuba, trabajar en Cuba y tener una obra en Cuba es lo más importante, pero es un poco dura su vida en Cuba a pesar de ser Juan Padrón.

Sobre la gran aceptación que tiene su obra en el público cubano, me dice:

– La gente lo respeta porque su trabajo, a pesar de ser muy serio, no es encartonado. Allá todo lo patriótico es muy politizado. Es como si Cuba hubiese empezado en el 59. Y Elpidio Valdés es un símbolo nacionalista, pero no tiene que ver con la Revolución, podría haberse hecho en el año 50, en el 40, y todo el mundo lo habría entendido. Porque habla de los mambises sin querer hablar de la Revolución Cubana, ni de Machado, ni de Batista, ni de la actualidad. Con la obra de mi papá sabes que vas a aprender y te vas a reír.

Corría el año 1986, y el único sentido de la vida de Ian Padrón era jugar pelota. Una tarde, cansado de jugar con sus amigos en la calle, va hasta su casa a tomar un poco de agua, y ahí descubre a su padre molesto, preocupado porque tenía que entregar dos páginas al día siguiente de Elpidio Valdés, para la revista Zunzún, y no se le ocurría nada. Ian le dice con toda la inocencia de sus 10 años: “Eso es fácil” y se metió en su cuarto, cogió un papel, un lápiz y escribió tres historias.

-Vine así, desenfadado, y le dije: “Compadre, aquí tienes tres historias”, y volví a jugar pelota. Al otro día él me dio las gracias por las ideas que le había dado. Al mes siguiente, cuando salió la revista, que todos los niños nos peleábamos por leer, yo me encuentro una de mis historias ahí, y mi padre había puesto “Guion: Ian”. Cuando yo vi mi nombre pegado a Elpidio Valdés, yo recuerdo que fue para mí un shock. Después de ver eso nunca más dudé de lo que quería ser, comencé a leer libros de guion, y años después me gradué de director de cine.

Ian encontró mucho apoyo en su padre cuando empezó a desenvolverse en el mundo del cine. Y así ha seguido hasta ahora. No solo intercambian ideas, se hacen recomendaciones sobre los guiones, o planean proyectos en conjunto.

– Cuando me gradué en el año 2000 hice un corto con motos Harley Davidson y mi papá hizo de barman en un bar de motoristas. Le pintamos tatuajes, se dejó crecer la barba, se puso pañuelo, aretes, gafas oscuras, con su panza, se metió en el personaje, se creía Robert de Niro. Después lo vestimos de samurái para un videoclip de Vocal Sampling, porque él siempre ha sido fanático a las películas de samuráis.

A Ian no le ha faltado su padre en los momentos más difíciles, como ha sido, por ejemplo, la censura de Fuera de Liga. “Fue mi importante para mí en esos momentos, me aconsejó mucho. Él es mi vida, yo lo adoro, pero como todas las generaciones no pensamos igual en muchas cosas, él es más disciplinado, yo me cago muy fácilmente en lo que está mal”.

– ¿Han pensado hacer algún proyecto en conjunto?

– Queríamos hacer juntos una película de Elpidio Valdés con actores, es decir, una película de mambises que sea simpática, porque las que se han hecho son muy acartonadas, con Maceo lleno de maquillaje, súper solemne. Mandamos mil cartas y ni siquiera nos respondieron. Y que no le respondan a Juan Padrón, sobre Elpidio Valdés… Mi papa me tuvo que dar la razón. No hay respeto.

También ambos tenían el proyecto de continuar haciendo la serie animada de Elpidio, en la que en un futuro Ian podría quedar como guionista.

– Al final decidí por muchas razones irme de allá. Como diría Martí, prefiero ser extranjero en otra tierra que en mi propio país. También por lo del carro, porque no podía hacer películas, y uno tiene una sola vida. Cuando eres joven lo importante es crear, aprender. Uno se sacrifica y trabaja como una bestia, pero cuando pasa el tiempo notas que has trabajado toda la vida y no tienes nada a cambio. También es importante que tus hijos coman, que los puedas vestir, que vayan a una escuela de calidad, poder educarlos como uno entienda, sin que nadie se meta en tu vida. En Cuba es muy difícil de lograr eso, por eso decidí vivir en otra parte.

El papel de Alberta, la esposa de Juan desde hace 43 años, ha sido fundamental para que existan Elpidio, los vampiros y los demás personajes.

-La mayoría de las cosas grandes que ha hecho mi papá han sido a su lado. Ella es la salvadora de la familia. En cierta medida ha sacrificado su propia profesión, su tiempo, para que mi padre tuviese una familia, para que estuviésemos bien. Ella lo aconseja en momentos de frustración. Ellos son inseparables, no pueden vivir el uno sin el otro. Ella es la mamá de Elpidio Valdés, aunque diga que no.

La relación de ambos, en la distancia, no se ha resentido en lo más mínimo.

– A mi papá la última vez que lo vi fue hace unos días, que vino de visita. Él no puede vivir sin sus nietos, es un súper abuelo, les hace lienzos a los nietos, los enseña a dibujar. Con mi hijo mayor es inseparable, son idénticos. Eso sí, mi padre es muy tímido pero no muy paciente, pasa de la calma muy rápido a ponerse bravo. Ahora como tiene setenta años, y tiene una enfermedad bastante grave, hace muchas cosas para dejarle a su familia. Está tratando de hacer libros, escribir historias, cuadros. Desea que sus hijos y nietos tengan en sus casas cosas de él. Trata de dejar una obra que pueda ayudar a su familia en el futuro.

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