Diario de un bicitaxista: El poder de la mente

La noche antes del primer viaje en bicitaxi me la pasé siguiendo algunos consejos útiles: Sé positivo. Crea pensamientos grandes y felices, me había dicho mi madre.

Y salieron algunos, cómo no. Pero no sé si fueron creados cuando todavía estaba despierto o si fueron ensoñaciones nacidas de mi subconsciente. Aunque de todos modos no creo que la diferencia se note demasiado.

Vi mi nombre escrito en el libro Guiness de los récords. ¿Ya está bien así, má, ya soy lo suficientemente grande? –le decía mientras me frotaba los mocos con una nube y mis culeros limpiaban los cristales del piso ochenta de las Torres Petronas. Después estaba comiendo rompequijá, aquellos caramelos de chocolate, sin que mi hermano mayor viniera a arrebatármelos: Qué felicidad tan grande, mamá… Gracias por aguantar a mi hermanito para que yo pudiera amarrarlo. En un momento dado yo era un gran matemático y la pizarra frente a mí estaba llena de fórmulas y cálculos. Todo eran operaciones de sumas y sumas y más sumas. Qué positivo soy, madre.

Pese a que me empeñaba al máximo en seguir sus consejos, el esfuerzo no estaba dando resultados. A mitad de la noche me levanté para ir al baño. Mi esposa estaba lindamente dormida, abrazando como una niña la almohada. Mis hijos se removían en la cama como si continuaran en el play de pelota que los había entretenido toda la tarde. Viéndolos, y colmado por la completa paz de la madrugada, fue cuando de un modo natural dije: Todo me va a ir bien, voy a ganar el dinero que necesito y regresaré feliz a casa. Si ese no es un pensamiento grande y positivo, que me cambien el nombre.

Hacía dos días había comprado el bicitaxi. Engrasarlo bien, coserle la lona del techo y retocar la pintura había sido la parte fácil. Lo complicado, lo que me estaba costando un trabajo desmedido, era adaptarme a la idea de decirle adiós al Alexis trabajador del turismo. Adiós al universitario. Cuando amaneciera, los vecinos se iban a enterar. Mis suegros se iban a enterar. Mi esposa y mis hijos se darían cuenta de que no era una ilusión mía. De que yo iba en serio. De que no había dejado el trabajo en un hotel para pasarme a otro más próspero, sino para convertirme en un bicitaxista.

Y eso, hasta a mí me daba miedo.

Las citas de libros que mi madre había leído vinieron en mi rescate, con el nombre de sus autores y todo. No sabía que yo poseía una mente tan dada a guardar detalles:

“Sólo una cosa convierte en imposible un sueño: el miedo a fracasar”. Paulo Coelho

“Cree en ti mismo. Ten fe en tus habilidades. Sin una humilde pero razonable seguridad en tus poderes no podrás ser exitoso o feliz”. Norman Vincent Peale

“Todos los recursos que necesitamos están en nuestra mente”. Theodore Roosevelt

“Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge de lo que pensamos. Con nuestros pensamientos, hacemos el mundo”. Buda

“El hombre es lo que cree”. Antón Chejov

Reposé de nuevo la cabeza sobre el colchón (las almohadas me provocan dolor en la cervical), y me tracé un plan. Mi mente creará la realidad que necesito, me dije y vi con toda claridad cada detalle de lo que sucedería cuando amaneciera. Me dormí con el convencimiento de que las cosas fluirían a la perfección.

Por la mañana, doblando apenas la esquina, conseguí mi primer cliente.

–A la clínica veterinaria –dijo.

Bien, no era la muchachita delgada de 18 años y sonrisa angelical con el pelo largo y suelto dividido en dos cubriéndole con aparente descuido los senos, tal como lo había imaginado, pero al menos la gorda satisfacía una de las expectativas: era rubia. Algunas mujeres se abultan cuando paren, me dije para no desanimarme y me concentré en poner en práctica mis proyectos.

El plan consistía en diferenciarme de inmediato del resto de los que se dedicaban a este negocio. Para traer un segmento mayoritario del mercado me debía posicionar como un bicitaxista exótico: culto, galante, de grata apariencia física, capaz de sostener una conversación profunda y educada…

Había visto que se me abrían las puertas del éxito, en mi mente.

Ahora estaba en la realidad.

Entre ambas había un abismo insalvable.

–Mira, mijo, si tú crees que no eres capaz de ponerte en la clínica antes de diez minutos, me lo dices y listo. Yo me bajo y me ahorro los diez pesos que me va a costar el viaje.

Una pedrada en la ventana nueva de cristal. El helado de un niño cayendo al piso sin haberlo probado.

En consecuencia, no fui amable con la gorda. No la ayudé a subir al asiento. No le conversé de nada grato.

Solo me dediqué a dar pedales.

Pero entonces vino el impacto. El IMPACTO, con mayúsculas, no fue un choque contra un ómnibus, aunque vino a ser casi lo mismo. Fue un impacto provocado por la toma de conciencia. Mi cuerpo y mi mente se estrellaron contra la dura realidad. Había decidido cambiar de trabajo. Había resuelto el dinero. Había comprado el bicitaxi. Me había mentalizado positivamente…

Y ahora me daba cuenta de que me faltaba algo más, una cosa sencilla: la preparación física para hacerme cargo.

Lo de recoger una rodilla y estirar la otra apretando fuerte el timón (sobre todo en las salidas y en las lomas), vino mucho más tarde, porque primero, contando desde ese mismo primer viaje y durante el siguiente par de semanas, fue la duda. La duda de si mi cuerpo podría resistir. La duda de si la palidez y la fatiga que me asaltaban a mitad de viaje no iban a terminar en un desmayo. La duda de si podría algún día recuperar las libras que iba perdiendo, con cada gota de sudor, tras cada pedalazo, tras cada metro que dejaba atrás en esta ciudad de Matanzas donde, silenciosamente, sin soltar un quejido, me estaba desapareciendo sin dejar huella alguna.

Y no es que nadie me obligara a ello.

La decisión era mía. Absolutamente.

Me declaro culpable.

Culpable de querer mandar yo mismo en mi horario y en mis ingresos, por ejemplo.

Culpable de no querer tener jefes.

Culpable de querer sentir que era mío, y no de un extraño, ese pedazo de vida que le dedicamos a ganar el dinero suficiente para llevar una subsistencia digna.

Pero en la práctica estaba resultando más difícil, mucho más difícil, de lo que, inocentemente, imaginé antes de comprar el bici. La Amenaza me decía: No puedes conversar con los pasajeros. Cada palabra que dices es aire que no está llegando a tus pulmones, que no llega a tus músculos. Concéntrate en respirar, despacio, desde el abdomen.

Aunque aprendí a hacerlo en un período relativamente corto –casi puedo jurar que me iba la vida en ello–, el aire que aspiraba parecía estar envenenado. Necesitas masa muscular, Flaco, me decía La Amenaza. Necesitas comer, Flaco; Necesitas energía, Flaco; Necesitas descansar, Flaco…

Necesitaba muchas cosas que no alcanzaba a tener.

A las dos semanas y un día, digámoslo en términos deportivos, la curva de mi rendimiento llegó al punto más bajo. El punto donde ya no iba a resistir. Donde claudicaba. Donde mandaba todo al carajo. Estaba reventado. No fue que se me clavó una puntillita y me desinflé poco a poco. No. Nada de eso. Simplemente exploté como Kafunga, me derrumbé como el muro de Berlín, y lo que yo consideraba un organismo compacto, contenedor de una ideología salvadora –voy a salir delante, me voy a sobreponer–, se desintegró en la nada.

Di un timonazo brusco cuando por fin entendí que mi cuerpo ya no era digno de confianza. Un giro radical. Una vuelta en U que me llevó de regreso hacia mí mismo, hacia lo que esencialmente me tipificaba.

Mi nombre nunca iba a ser leído en el Guiness. Yo no tocaría las nubes. No necesitaba chocolaticos que me mantuvieran feliz. Desde el mismo inicio, nada de eso importaba.

El único propósito era ganar un poco de dinero y regresar a mi casa, donde me esperaban mis hijos y mi esposa. En eso consistía todo. El bicitaxi no era la meta en sí. No era el fin. Era solo un medio para lograr lo que deseaba. Y si yo no tenía el físico para salir adelante, sí me quedaba la memoria. El poder de mi mente. Allí flotaban las frases citadas por mi madre:

“Siempre es demasiado pronto para darse por vencido”. Norman Vincent Peale

“Todos los recursos que necesitamos están en nuestra mente”. Theodore Roosevelt

Mi risa casi histérica no le cuadró a La Amenaza:

–¿A qué viene el ataquito, Alexis? ¿Tú me ves un mono pintado en la cara?

Estábamos en la piquera de La Plaza, un poco apartados del resto de los colegas. Frente a nosotros, unos muchachos se tiraban al río desde el puente. Dejé de reír.

–Con la cantidad de cosas que debe haber en el fondo del río, hay que estar loco para tirarse de cabeza.

–Allí abajo no hay ná. Yo me he tirado una pila de veces –dijo La Amenaza.

–¿De cabeza? ¿Desde el escudo? Déjate del duérmete-mi-niño ese.

–Qué te pasa, Alexis. Yo nací en este barrio. Yo me escapaba de la secundaria…

–Eso fue hace una pila de años… Con esa edad yo me subía en los edificios que estaban construyendo en El Naranjal…

–¿Qué tú me das si yo me tiro de cabeza desde el escudo?

–Que qué te doy, veinte pesos para que tú mismo te mandes a hacer la corona. Yo no quiero tener nada que ver si te partes la espalda.

–¿Sesenta pesos?

–¿Sesenta por tirarte desde el escudo? Eso está como a veinte metros del agua, asere. Deja la locura. A ti te dicen La Amenaza pero…

–Sesenta pesos aquí delante de mí y ya me estoy subiendo. ¿Te cuadra?

Saqué el dinero y lo pusimos en la cajita con candado de su bicitaxi. Allí habían otros sesenta. La Amenaza me dio la llave, se quitó los tenis y el pulóver y salió, primero corriendo. A los pocos metros aflojó y enseguida siguió caminando.

–¿Qué pasó con Amenaza? ¿Una bronca? –preguntó un colega.

–Na, dice que hay mucho calor y que se va a tirar del escudo.

–Eso es alarde –dijo El Indio–. ¿No lo conoces todavía?

–Parece que más que tú. Yo sé que sí va a tirarse.

–Te digo que no. ¿Cuánto apuestas?

–No me gusta jugar con el dinero, Indio. Vas a perder sesenta pesos en una bobería.

Antes de sacar sus tres billetes de a veinte, El Indio convenció a Magenta, a David, a Miguelito y a tres más para que cada uno se jugara algo. Las opiniones estaban divididas. Cinco de ellos, que La Amenaza no se tiraba, al menos no de cabeza. Los otros dos, y yo, que sí lo hacía.

Eran las dos de la tarde. El sol resplandecía sobre la piel sudada de La Amenaza, un negrón de un metro noventaicinco de estatura y cien quilogramos de peso. Estaba en lo más alto del arco del puente, mirando hacia el río. Un espectáculo impresionante. Yo sonreía. Luego contuve la respiración. No puedo decir qué hacían los otros colegas. Solo recuerdo la sensación de derrota cuando La Amenaza comenzó a bajar. Yo no tenía para pagar a todos. Quizá fue miedo. Quizá las piernas me temblaron un poco. Me senté en el bicitaxi y apoyé la cabeza en los tubos del timón, con los ojos cerrados, recordando las frases: Solo una cosa convierte en imposible un sueño: el miedo a fracasar. Cree en ti mismo. Ten fe en tus habilidades.

Entonces escuché el grito. La Amenaza volaba hacia el agua. Una masa negra, compacta, descendiendo a toda velocidad, paralelo al río. En el último instante flexionó el torso y se clavó de cabeza. Demoró muy pocos segundos en salir a la superficie.

Todavía me sigo preguntando si no habré cogido el rábano por las hojas. Si fue incorrecta la interpretación que le di a las citas de mi madre. Si fue éticamente inmoral haber manipulado a los colegas.

Me justifico recordando mi único propósito: regresar junto a mis hijos y mi esposa, con algo de dinero en el bolsillo.

Hubiera querido ganarlo pedaleando, pero mi cuerpo se había desinflado. En esos momentos solo podía contar con el poder de mi mente.

De esta serie:

Diario de un bicitaxista: Por la calle Capricho

Diario de un bicitaxista: Cuba es una calle que sube

Diario de un bicitaxista: Ansias del Alba

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