El derecho de nacer (y llorar) con Caignet

Han pasado siete décadas de que Félix B. Caignet lanzara al aire su radionovela más famosa. El 1ro de abril de 1948 la CMQ de Monte y Prado transmitió el primer capítulo de El derecho de nacer y Cuba quedó hechizada para siempre.

El derecho… fue un corrientazo en la historia sociocultural cubana. Un parteaguas. Una sacudida que se extendió por toda Iberoamérica y saltó de la radio a la televisión y al cine, y alcanzó dimensiones de fanatismo, de leyenda.

No fue la primera novela radial de Caignet, que ya se había apuntado éxitos de audiencia como Chan Li Po, El precio de una vida y El ladrón de Bagdad, pero sí la definitoria. La que estaría desde entonces ligada a su nombre y lo precedería adonde fuese como una fanfarria.

En Cuba y fuera de Cuba produjo lágrimas a borbotones. Cuando se transmitía, la vida se paralizaba, las calles asemejaban un desierto. Con su estilo pomposo, melifluo, lacrimoso, pegó a las bocinas a millones de oyentes y se convirtió hasta hoy en paradigma del melodrama latinoamericano.

Las luego tan exitosas telenovelas brasileñas, mexicanas y colombianas, le deben a Caignet, y en particular a El derecho de nacer, ganancias que no pueden contarse –únicamente– en monedas.

El seriado radial caló pronto y profundo en el imaginario colectivo. Muchos niños se llamaron desde entonces Alberto e Isabel Cristina como la pareja protagónica. Muchos admiraron y quisieron como una madre a Mamá Dolores, la negra valiente y bonachona que salvó al pequeño bastardo de la deshonrada María Elena.

La mudez de Don Rafael del Junco –provocada, se cuenta, por una disputa salarial que influyó en el argumento– mantuvo en vilo a Cuba durante meses y meses… ¡hasta que por fin habló! Y de la espera quedaron para la posteridad una guaracha y una frase alegórica.

La Isla se conmocionó, además, con la muerte en un accidente de tránsito de la actriz española María Valero (Isabel Cristina), quien compartía el protagonismo detrás del micrófono con Carlos Badías (Albertico Limonta). En su lugar entró a la novela Minín Bujones y Caignet debió darle al personaje capítulos de silencio para que la transición fuera menos dolorosa.

Pero el escritor santiaguero era un maestro en estirar la trama y dar giros sorpresivos cuando era necesario. No escribía sus novelas de golpe sino poco a poco, auscultando las reacciones del público y olfateando como un sabueso los filones dramáticos –y comerciales– de su historia mientras la desarrollaba.

Muchas veces, el capítulo llegaba a la emisora en la tarde y los propios actores conocían lo que sucedería con sus personajes apenas unas horas antes que el público. De esta forma, Caignet condujo El derecho… por 314 capítulos.

Escena de una adaptación cinematográfica de "El derecho de nacer" (1950), con el actor español Jorge Mistral (centro) en el papel de Albertico Limonta al pie de la cama de su abuelo, Don Rafael del Junco. Foto: El País.
Escena de una adaptación cinematográfica de “El derecho de nacer” (1950), con el actor español Jorge Mistral (centro) en el papel de Albertico Limonta al pie de la cama de su abuelo, Don Rafael del Junco. Foto: El País.

Aun así, sería injusto darle todo el mérito de la primera transmisión de la novela. A su éxito también contribuyeron –y mucho– los actores: Badías, Valero, Bujones, Lupe Suárez (memorable en su Mamá Dolores), José Goula (Don Rafael), Marta Casañas (María Elena), Nenita Viera (Rosario Orozco), Xiomara Fernández (Graciela del Busto), Carlos Paulín (Alfredo Martínez), Carlos Santiesteban (Jorge Luis Armenteros), entre muchas otras voces presentes en el elenco.

Tampoco pueden olvidarse la ampulosa narración de Luis López Puente, ni los efectos y el sonido de Delfín Fernández y Carlos Sosa, ni la dirección artística de Emilio Medrano.

Pero no hay dudas de que el alma y la brújula de la novela era Caignet.

Para la CMQ, El derecho de nacer fue el golpe maestro que buscaba Goar Mestre para derrotar a la RHC Cadena Azul de Amado Trinidad. La guerra comercial entre las dos principales emisoras de Cuba se decidió con las lágrimas y suspiros que provocó la historia de abandono y amor del niño renegado por su abuelo y reaparecido como médico al cabo de los años.

No obstante, incluso Mestre dudó en aceptarla y le pidió una opinión a Iris Dávila. A la escritora del popular espacio Divorciadas le pareció demasiado cursi, pero aun así la novela fue al aire en el horario estelar de la noche.

Finalmente, con El derecho… CMQ aventajó definitivamente a la hasta entonces invicta “Novela del aire” de la RHC, que paradójicamente había rechazado a Caignet cuando este le presentó su idea antes que a su contrincante radial. Este error conduciría a la ruina a la Cadena Azul.

Luego de aquella transmisión en Cuba, vendrían otras, muchas otras. En México, Venezuela, Brasil, en Puerto Rico. En radio, televisión y cine. En una década y en la siguiente y en la siguiente.

Paradójicamente, en Cuba –donde murió Caignet en 1976– es quizá dónde menos se ha transmitido –en las últimas décadas solo recuerdo una grabación de Radio Arte– y donde menos conocida sea por los más jóvenes. Los tiempos, ciertamente, son otros, menos sensibles y metafóricos, pero a pesar de ello el gusto por el melodrama sigue vivo –y coleando– en la Isla, alimentado muchas veces por novelas a años luz de El derecho de nacer.

La célebre creación de Caignet dista de ser perfecta, pero es el retrato de una época, de una estética, de un pensamiento. Es, en muchos sentidos, un tesoro de Cuba, un símbolo de su cultura, un patrimonio que todavía hace enjugar pañuelos y provoca suspiros como lo viene haciendo desde hace 70 años.

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Comentarios

Paradójico, además, que salvo Cubasí, la W, la Radio Cubana, RHC (no la Cadena azul), Radio Ariguanabo y, claro está, OnCuba, la prensa nacional no se haya hecho eco de este aniversario.

Ni siquiera porque en Santiago se celebró el concurso Félix B. Caignet, dedicado a la fecha y con los medios en foco; no tenía que ser gran cosa, ni siquiera centrarse en la efemérides; bastaba con que el NTV Dominical – dedicado a la cultura – mentara a los ganandores y el coloquio, en que habló Obelia Blanco (la Isabel Cristina del 87, que no salió al éter hasta que en los 2000 liberaron la novela para las emisoras locales y fue un enorme éxito).

Todo tuvo espacio, incluso el anuncio de un concierto fuera de Eliades Ochoa desde la Casa de la Trova, probando aquello del candil de la calle y el prejuicio con el melodrama. Es una pena.

Y lo digo, porque en los estudios que se grabó El derecho… aún se hacen radionovelas. La mayoría muy por debajo de su calibre. Pero todas ancladas en la misma técnica, hoy olvidada en el mundo.

Los jóvenes, obviamente, ya no le hacen el mismo swin que a las series de vampiros o al último grito de la moda mediática (la ausencia de comentarios lo prueba).

Pero cada vez que ponen la película del 52 (y la TVC la ha puesto unas cuatro veces, contra una de la de Eusebia Cosme), el hechizo se reactiva. Aun y cuando la película es básica. Con lo que prueba la eternidad de su ‘magia’.

Más paradójico aún cuando sabemos que Félix, pudiendo irse, prefirió quedarse y vivir el ostracismo, hasta que con el boom de la telenovela brasileña y el deseo de emularlas, se ‘acordaron’ que Cuba produjo folletines que sirvieron de base a los que hacían en el mundo y que él había sido su gran maestro.

PS. Hablas de los Alberticos e Isabel-Cristinas… y es cierto. No sólo en Cuba, sino en América Latina.

El mejor ejemplo es: Isabel CRISTINA Santos Téllez o sencillamente Isabel Santos. La actriz. Nacida trece años después del fenómeno, en 1961, carga ese nombre que a muchos les suena ‘cheo’ y prueba la fuerza de la radio.

Según la propia Isabel, vino a ver la luz eléctrica sólo a los diez años de edad. O sea no había TV. Apenas receptores de pila (supongo yo).

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