La playita sin rusos

Es verdad que había que ir con tennis. A algunos no les gustaba. Aunque la arena forastera hacía más cómoda la estancia en la orilla allí estaban los erizos, tan abundantes como los rusos en aquella época.

Los niños del reparto Alamar de los años 80 bajábamos en muchedumbre la avenida de Los Cocos buscando diversión junto al mar. Un portento las guaguas de entonces, incluso en julio y agosto.

Disfrutábamos de lo lindo en vacaciones, y hasta a veces intercambiábamos palabras y juegos con infantes casi siempre muy rubios, con blondos padres originales de las ex repúblicas soviéticas quienes entonces trabajaban en Cuba.

Daban nombre a ese pedazo de litoral. Le pusieron la Playita de los Rusos, hoy ya sin ellos y prácticamente abandonada.

Foto: Yuris Nórido.
Foto: Yuris Nórido.

No hacía falta hablar el mismo idioma, innecesario cuando se trata de pasarla a “todo meter”, intercambiando caretas de buceo, patas de ranas originales o improvisadas, cubitos o telas metálicas para atrapar peces coloridos, y cuanto invento se antojara en mentes que no rebasaban la década de vida.

En la Playita de los rusos los niños cubanos llevábamos tennis ya “malitos”, calificados así en aquella época porque bien mirados hoy a muchos les serviría para “seguir tirando” con ellos.

Los niños rusos siempre con sus sandalias, salvavidas o balsas pequeñas, gorros, jamos, cubitos, palas, y en los ojos la perenne pregunta no formulada de por qué los cubanos a toda hora estábamos al sol, libres, y ellos bajo las sombrillas.

Había una cafetería cerca, pero los padres previsores siempre cargaban con pomos de agua y refresco, panes, galletas.

La zona parecía tomada en los meses estivales, y era preciso ponerse más duro que las cucarachas de mar para arrancar a los pequeños de aquella aventura.

De nada valían gritos y advertencias de aguacero.

—Es una lluvia pasajera – decíamos todos. Pronto se irán las nubes y va a salir el sol.

Foto: Yuris Nórido.
Foto: Yuris Nórido.

Ese pedazo de litoral otrora lleno de vida hoy es visitado por unos pocos fieles, vecinos de sus predios, o nostálgicos de tiempos más felices que ahora cuentan a hijos y nietos cuánto se divertían nadando, cazando cangrejos o corre costas, recogiendo conchas y capturando peces en nylons para presumirlos con los amigos de la escuela.

Hasta los erizos eran presa de pequeñas manos, o ellos mismos hacían estragos en los pies que pronto estarían cubiertos de yodo “para que la espina saliera más rápido”.

Si no llevabas un trofeo playero al aula en septiembre entonces no habías “salido” en las vacaciones. Ese, y la piel requemada por el sol con marca de trusa incluida eran la prueba fehaciente de que habías gozado.

Cuánto se desperdicia hoy la costa de Alamar en una localidad con tan pocas opciones de recreación. Si levantas hoy la vista el área parece un cementerio. Al oeste de la Playita de los Rusos se ve la Piscina Gigante, donde muchos aprendimos a nadar, sumida en un gigantesco abandono. Ni hablar del área de la alberca más pequeña que proyectaron construir al lado. Un verdadero pantano.

El improvisado malecón casi siempre se antoja desierto, frecuentado mayormente por pescadores, merodeadores y quién sabe que otra suerte de sujetos.

Foto: Yuris Nórido.
Foto: Yuris Nórido.

Más allá está El Golfito, una verdadera atracción en los 80 con variada gastronomía en su restaurante y áreas para bailar al ritmo de las orquestas de moda o de los más románticos cantantes.

Su playa nunca fue del otro mundo, apenas sin arena y llena de erizos, incluso desdeñada por los mismos que nos bañábamos allí añorando una mejor playa: Bacuranao, El Mégano, Santa María, Boca Ciega o Guanabo, vecinas bellezas llenas de arena y mejor abolengo.

De todas formas éramos felices y nos creíamos afortunados por gozar del mar sin tener que caminar apenas, todo al alcance de la mano.

No solo se marcharon los rusos de Alamar, igual se evaporaron los sueños de antaño, la esperanza de que un día cobre vida ese litoral desperdiciado, y el mar siempre bello bañe a nuevas legiones encantadas.

Foto: Yuris Nórido.
Foto: Yuris Nórido.

 

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Comentarios

Ufff, qué triste, las fotos son lindas pero descorazonadoras…

Yuri, le pediste permiso para sacarle la foto al hombre q estaba pescando con su overol puesto? A lo mejro el tipo estaba en horario de trabajo y mira a lo q se dedicaba mientras. Oíganme, más respeto por la privacidad ajena, se les puede sacar fotos, pero usarlas en un trabajo periodístico!!!

Menos mal q nuestros cuadros no leen jajajaja

Junior: Con el mayor respeto, a ese hombre ni su mamá lo reconoce. El fotógrafo respetó la privacidad del pescador, tanto que apenas es posible determinar sus facciones.

Está como en la película, Ya no es antes, todo se va perdiendo o lo van dejando perder, desde lo material a lo espiritual.

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