“Aquí todo el mundo perdió algo”, sentencia una madre emocionada. “Yo misma me quedé sin nada que ponerle a mi niña, porque mi casa estaba muy mala y todo se mojó. A la mayoría de las mujeres nos evacuaron en Quemado del Negro, un pueblito cercano, y cuando llegué y vi que lo había perdido todo, solo podía llorar. ¿Cómo hago ahora, con esta niña de meses, para levantar mi casa? ¿Qué le pongo cuando llegue el frío?”.

A 30 kilómetros de Baracoa está Yamanigüey, el último punto de la geografía holguinera. Sus tierras colindan por el este con Guantánamo por lo que se encuentra ubicado muy cerca del punto por donde el huracán Matthew salió de suelo cubano. Allí también sintieron todo su poder durante casi diez horas.

Llegar hasta Yamanigüey implica seguir una carretera tortuosa que deja de estar asfaltada solo unos metros más adelante de la Empresa de Níquel “Comandante Ernesto Che Guevara”, en la ciudad de Moa.

Su población no supera los mil 500 habitantes y, como pasa en los pueblos pequeños, todos se conocen o están unidos por lazos familiares. Por eso no fue de extrañar que ante la llegada de Matthew, la gente se organizara y aquellos con mejores casas acogieran a los que ya, de antemano, sabían que iban a perder sus hogares.

Cuatro días después del huracán, cuando los caminos se hicieron transitables y se pudo llegar hasta Yamanigüey, el panorama también allí era terrible.

“A las 6 de la tarde comenzaron las rachas del viento fuerte y la lluvia, y fue así hasta las 4:00 de la madrugada, que comenzó a amainar”, recuerda Ismaela Matos, dueña de una de las casas que albergó a diez personas, entre vecinos y familiares. “Parecía que se iba a acabar el mundo. Nunca habíamos visto nada así. Me asomé por una rendijita y era penoso ver cómo los techos volaban y las matas de aguacate y de plátano las arrancaba de raíz”, evoca.

La farmacia, la escuela y la bodega del pueblo quedaron destruidas. Cuando recogí estos testimonios aún no se sabían con exactitud las cifras de casas estaban destruidas totalmente y de las que quedaban todavía en pie, sin techos o con paredes de menos.

Los cables del tendido eléctrico en el suelo dejaban saber que el fluido demoraría quizás semanas en ser restablecido y que las ollas y los fogones permanecerían sin uso por buen tiempo.

Desde la cercana Moa, el gobierno ha hecho envíos de comida gratuita, que no suplen las necesidades de la población. Allí se venden huevos y sopa, pero se agotan tan rápido que los vecinos de otros lugares igualmente afectados, como Cañete o Cupey, no llegan a adquirirlos.

Cañete

En Cañete viven aproximadamente unas 200 familias que lo han perdido casi todo. Prácticamente el 80 por ciento de las casas quedaron destruidas total o parcialmente. Los sembrados de frutas y viandas, la principal fuente de alimentación y comercio de los pobladores, quedaron totalmente arrasados. Lo mismo ocurrió con los animales de cría.

Juana cuenta que en los 38 años que lleva viviendo ahí nunca había visto nada igual. “Aquí no ha venido nadie a ver cómo estamos. Escuchamos que en el televisor decían que en Holguín no había pasado nada y claro que tenían que decir eso, si hasta aquí no había venido nadie. Cuando vimos el helicóptero haciendo fotos y tomando imágenes esperamos que llegara alguien y nada todavía. Yo misma perdí mis animales, pero aquí hay gente que vivía de lo que sembraba y que perdió todo, hasta su casa. No tenemos agua para tomar porque desde hace años seguimos esperando una solución al agua que llega por la tubería y viene verde y con olor a pescado muerto. Nosotros utilizamos el agua de lluvia para tomar, pero la del huracán no la pudimos acopiar. Con el único buey con carreta que tenemos vamos hasta Yamanigüey a buscar el agua para cocinar y hacer las cosas de la casa”, dice.

Otra mujer del pueblo, Melisa, se suma a su narración: “Mi casa estaba hecha la mitad de tablas y la mitad de goma. El viento rajó la goma y por ahí se metió y me dejó nada más que las paredes de tabla en pie. A mis dos niños se le mojaron todos los libros de la escuela y sus camas”.

Melisa se calla porque el llanto la ahoga. Cuando sus palabras son como un suspiro, Ramón la interrumpe: “Mire, periodista, aquí estábamos ya mal antes del huracán, pero ahora estamos peor. No tenemos comida, las casas están casi en el piso y nos dicen que por ahora no nos pueden ayudar mucho, porque Baracoa está destrozada. ¿Y nosotros qué hacemos? Yo soy un viejo de 63 años que lo único que tenía era mi rancho y mis animales. Y ahora ya no tengo nada”.

Cupey

A tan solo 2 kilómetros de Cañete y Yamanigüey, se tiende silencioso entre el mar y el monte, el pueblito de Cupey. Sus pobladores se dedican fundamentalmente a la pesca y unos pocos trabajan en la Empresa de Níquel “Comandante Ernesto Che Guevara”. Allí el panorama es muy similar a lo visto y escuchado en toda esta zona.

Hasta la casa de María Julia, una de las últimas del pueblo, también llegó el dolor de la mano de Matthew. Pero no era la primera vez que le sucedía. La señora, de 68 años, enferma de diabetes y sin más compañía que un gato barcino, seca sus lágrimas con un paño mientras muestra en qué quedó convertida su casa.

Ya el huracán Ike de 2008 le había mostrado lo feroz que puede ser la naturaleza cuando se unen el mar y el viento. “La casa se me cayó completica y no me dieron ninguna respuesta. El 15 de febrero del 2015 fue que recibí el subsidio para arreglarla por Ike, pero el Sandy también me llevó el techo. Ahora los materiales que tenía comprados se han mojado y yo ya no tengo fuerzas para volver a dar tantas carreras otra vez, mi’ja”, me dice rodeada de escombros.

En la pared cuelga un crucifijo al que Juana le besa los pies, mientras llora mirando lo poco que ha quedado de su hogar.

Los nombres de Yamanigüey, Cañete y Cupey no fueron noticia. Tampoco las historias de Ismaela, Juana o Ramón. Sus protagonistas saben que la vida debe seguir y saben que eso solo depende de ellos.